Yo soñé. Soñé mucho, y aun creo
que el soñar eleva, y es virtud divina
porque puso en mi sombra un gorjeo
y encendió en mi noche la luz matutina.
¡Pasión insaciable, loco devaneo,
deja que en el mustio jardín del deseo
corte yo la rosa sin sentir la espina!
Yo esperé. Yo tuve profunda confianza
en que, tras el negro viaje de la suerte,
mi espíritu, libre de toda asechanza,
saldría más puro, más alto, más fuerte.
¡Ciérrame los ojos, piadosa esperanza,
si en la hora de la secreta mudanza
abiertos de espanto los deja la muerte!
Hay luz tramontana; pero ya se llena
de brumas la tarde.
El cielo es como una vaguedad serena...
¡Vida que se acaba, vida noble y buena,
déjame que sufra, déjame que sueñe, déjame
que aguarde!
San Sebastián, septiembre 1918.
NOCHE VAGABUNDA
VIEJA ciudad que vive y se recata
en un ambiente arcaico: las callejas
obscuras, las dormidas candilejas,
el silencio, claustral; la quietud, grata.
Ciudad de desafío y serenata,
de amor oculto y de tupidas rejas;
ciudad que tiene, entre sus cosas viejas,
el hosco templo y el jardín de plata.