LA OFRENDA
PENA, la más grande de mi vida, pena
que en lo más oculto de mi ser te hallas,
pena que yo arrastro como una cadena,
pena que te envuelves en obscuras mallas!
En el pecho, a todos mis males ajena,
como en una triste cárcel te amurallas.
Yo sufro inquietudes y tú estás serena;
yo olvido y tú añoras; yo canto y tú callas.
Tú siempre callaste, por miedo a la mofa;
nunca tu secreto reveló la estrofa;
vives en un largo silencio profundo.
Mas sé que mi espíritu dirá a Dios un día:
—¡Señor: aquí tienes esta pena mía;
es todo lo bueno que traigo del mundo!
En el Atlántico, Agosto 9, 1918.