Amado Nervo.

I
APARICIÓN

Frente a Cádiz.

EL Infanta Isabel empieza el viaje:
de la línea del muelle al fin se arranca,
y la ciudad, como de fino encaje,
se va esfumando, caprichosa y blanca,
y se diluye, en gris, sobre el celaje.

El abigarramiento del paisaje,
con ser tan pintoresco, no interesa
como el claro horizonte. Es el momento
en que una nube cárdena y espesa
extiende un friso de rubí y argento.

Cuando vuelve la calma al entrepuente,
de codos en la extensa barandilla,
me pongo a contemplar la maravilla
de sol, y cielo, y mar, en el Poniente.

Ha comenzado el viaje...
De improviso
una figura de mujer absorta
cerca de mí se yergue, y se recorta
sobre la luz, con un perfil preciso.

Es una monja que detuvo el paso
y ve morir la tarde. En su cabeza
hay una expresión vaga de tristeza
digna de la hermosura del Ocaso.