El crepúsculo enciende, en fuego vivo,
el oleaje de cristal sonoro.
Y aquel semblante dulce y pensativo
se envuelve en una atmósfera de oro
y me recuerda un cuadro primitivo.
El barco avanza... Sobre el mar violeta
cae la noche pávida y sombría;
y yo, que siento una emoción secreta,
que es como una naciente simpatía,
mirando a la mujer humilde y quieta,
me acuerdo de la monja del poeta,
la que llamaban Sor Melancolía.
II
ENTRETENIMIENTO ROMÁNTICO
HIENDE el trasatlántico las ondas obscuras
y el vidrio del agua se rompe en blancuras;
cielo y mar, y cielo y mar, día a día:
mañanas de niebla; tardes blondas, puras
noches que florecen en diamantería.
Pasan cocottes, monjas, histriones y curas;
vanidades cursis, falsas hermosuras:
vulgaridad todo; todo tontería.
Un farandulero va hablando locuras
enfáticamente; y una vieja harpía
echa a un vecino miradas impuras
con un senil gesto de coquetería.
¡Qué iguales las horas, qué largas, qué duras!
¡Qué imbécil pereza! ¡Qué monotonía!
Hiende el trasatlántico las aguas obscuras...
cielo y mar, y cielo y mar, día a día.
Mas yo, que rumiando voy mis desventuras
mojadas en una gota de ironía,
endulzo mis ocios y mis amarguras
y enciendo la lámpara de mi poesía,
mirando tus ojos, fuente de ternuras,
profundos y negros, Sor Melancolía.
III
CASTO RUEGO
EL amor ha pasado en todos sus martirios.
No temas. En la hora doliente y sosegada,
irán, como en un cofre dos olvidados lirios,
tu juventud marchita, mi madurez cansada.
Mis ojos no fulguran con insanos delirios;
y, por sentir el fuego de una lumbre sagrada,
cual mariposas negras en torno de los cirios,
mis pensamientos buscan la luz de tu mirada.
Ya están—¡oh candorosa!—muertas las ilusiones,
dormidos los deseos y quietas las pasiones;
ya no queda un rescoldo del incendio voraz.