No vino la piadosa muerte, no vino;
la vida, deshaciéndose en torbellino,
desató sus furores contra mi suerte.
Me castigó la vida, no la muerte.
(Y aun se debate el alma, sumergida
en el inmenso asombro de la vida.)
Me empujaron las fuerzas de mi destino incierto
a la sombra, a la noche y al desierto.
Y aquí estoy. Hace tiempo que el mundo he recorrido
en busca de una paz y de un olvido.
Arrastré sufrimientos por tierras y por mares;
y he secado mis ropas en ajenos hogares.
Así, en un tono lírico, te cuento el cuento; y siento
que tú me compadeces mientras yo te lo cuento.
A tus ojos, que brillan bajo las cejas juntas,
ya no salen curiosas las preguntas.
Ya lo dije: soy uno de la gran caravana
de Caín; el desierto me vio pasar, hermana.
No sé ni lo que busco, ni lo que espero:
caí, y al levantarme, perdí el sendero.
Besé mi cruz. Y sigo: y amo mi pena.
Compadéceme, hermana, tú que eres buena:
soy más desventurado que aventurero.
IX
SALUDO MATINAL
HOY has amanecido más pálida, hermanita,
¿Qué tienes? El insomnio te sombreó la tez.
El mar de la mañana refleja su infinita
luz de piedra preciosa sobre tu palidez.
¿Anoche recibiste la celestial visita
como Santa Teresa? ¿O volaste, tal vez,
con alas transparentes, por la región bendita
que sueñas en tus cándidas horas de placidez?
¿O recordaste alguna novela favorita
devorada en el claro jardín de la niñez:
—el castillo; la escala; Gerineldos; la cita,
y el pañuelo que asoma por el alto ajimez?—
Hoy has amanecido más pálida, hermanita:
te ha pintado el insomnio de amarillo la tez.