Dos niños que corrieran tras una mariposa
somos tú y yo. Y la vida nos quiere castigar
poniéndonos, tal como la abuela cariñosa:
al uno frente al otro, con prohibición de hablar.

Vuelven tus compañeras junto a ti. Yo las miro
con interés discreto. Yo recojo el suspiro
que no exhalas y escucho tus querellas sin voz.

Mientras el mar de raso, suavemente sonoro,
se adormece en la noche, y la luna de oro
va cortando celajes cual si fuese una hoz.

VIII
AUTOBIOGRAFÍA LÍRICA

OYEME con los ojos,
ya que están tan distantes los oídos.
Sor Juana Inés de la Cruz.

Miras furtivamente, las cejas juntas,
y cual niñas traviesas a la ventana
asoman a tus ojos las preguntas.
¿Quieres saber cuál es mi vida, hermana?

Parece que me dices:—«¡Pobre viajero!
Se ve que estás cansado. ¿Por qué sendero
arrastraste la vida? ¿Por qué viniste
a surcar estos mares como un aventurero?
¿Por qué estás siempre solo, callado y triste?»

Soy uno de la errante caravana
de Caín. El desierto me vió pasar, hermana;
pasé fácil al sueño, dócil a la alegría;
bien dispuesto al pecado y a la melancolía.
El mal filtró en mi vida su fragante veneno.
Fuí malo, y—¡Dios lo sabe!—siempre quise ser bueno.
De todos los placeres ninguno me da encanto
tan hondo y tan sincero como el placer del llanto.
De todas las virtudes, para mí, la más alta,
es la piedad. ¡El mundo la necesita tanto!
Toda vida es estéril si la piedad le falta.
Tu Dios, ¿no es una inmensa piedad? Pues es el mío:
a Él la piedad humana va como al mar el río.

Hermana: yo he gozado todas las impurezas,
y he sufrido la angustia de todas las tristezas.
Un día hallé un oasis en el camino;
una fuente en la arena bajo una palma.
El cielo era una joya, y el divino
crepúsculo tenía piedad y calma.

Me senté rodeado de todos mis cariños:
una canción, un sueño, una anciana y tres niños.
Y esperé. Lentamente, la tarde iba
abriendo en la penumbra su estrella pensativa.
Y la noche llegaba, luminosa y risueña,
diciéndome: Reposa; ama; medita; sueña.
Por el rosado ambiente, brillante de reflejos
de sol la caravana de Caín, a lo lejos,
se perdía, abrumada con todas sus miserias,
con todos sus pecados, con todas sus histerias.
Y yo desfallecía, pleno de confianza,
solo con mis amores; solo con mi esperanza...