Ola humana (¡pobrecilla!)
que sin llegar a la orilla
y anhelante de placer,
huye, torna, salta y brilla
y no cesa de correr.

¿Adónde irá? No respondas,
corazón, en vano ahondas:
está lleno de quién sabes
el destino de las ondas,
de las nubes, de las aves.

Lo sé. Mas siento una leve
inquietud que me conmueve,
porque no logro entender
qué hará el viento que los lleve,
con aquel celaje breve
que enrubia el atardecer,
con aquella onda de nieve
—luz y espuma en el zafir...—
con aquella mujer
que lloró al verme partir.

VI
MADRIGAL RELIGIOSO

EN el hábito negro brilla el marfil pulido
de tus manos, que tienen, como las que pintó
el Greco, el alargado dibujo, el colorido
anémico y la rara nobleza de expresión.

Manos finas y exangües que mueven tu rosario
con lentitud de abeja que labra su panal;
y vuelan por las páginas de tu devocionario,
como los colibríes, de rosal a rosal.

Las miro, y sueño. Huelen a mirra sus marfiles.
¡Qué buenas si se juntan en la santa oración!
¡Qué frescas si se posan en las sienes febriles!
Y sobre las heridas, ¡qué bálsamo de amor!

Las miro, y me parece que en días ya lejanos,
con su virtud hubieran revivido mi fe.
¡Qué caricia tan pura guardarán esas manos,
la soñada caricia que jamás sentiré!

VII
LUNA NUEVA

YO, mudo y solitario; tú, aislada y silenciosa;
las gentes, aburridas, y el ambiente, vulgar;
mas en tus ojos tristes se abre, como una rosa
sobre un lago, tu alma que nos ve a mí y al mar.