Entretanto, la noche ha cerrado. El mar tiene una inquietud amenazadora. El buque se balancea rítmicamente. Brillan por todas partes, en las aguas, estrías luminosas. Algunas blancas estrellas parpadean en el horizonte, como ojos cansados. Hace frío y tristeza.
En el salón canta, al piano, una tiple de zarzuela que va contentísima de regresar a España:
Canta vagabundo
tus pesares por el mundo,
que tu canción quizá
el aire llevará...
Sentados en una banca, los frailes franciscanos han abierto sendos breviarios, y a la luz de un farol de la toldilla, calladamente leen...
CÁDIZ
A LAS siete de la mañana estábamos frente a Cádiz. El mar, azul y rosa, sin una arruga; terso y brillante, como de vidrio. Sobre él, en segundo término, la vieja ciudad, montón de caseríos blancos extendidos en una faja que moteaban las manchas verdes de los jardines.
El sol espolvoreaba su polvillo radioso por encima de aquella blancura. La hermosura de la bahía nos emocionaba menos que la presencia de la tierra cercana. En el anterior anochecer habíamos visto fulgurar en lontananza, como un astro a ras de las aguas, el faro del Cabo de San Vicente; y por mucho tiempo clavamos ojos y pensamiento en el punto fúlgido que nos hacía guiños de lumbre.
—Aquí está ya la tierra—nos decía—: pronto volverás a verla.