Y, en efecto, el faro cumplió su promesa; poco después de amanecer, Cádiz estaba allí. Atracó el buque en el muelle. Echaron los marineros la escala, descendimos, y con regocijo alborotador, semejante al de los muchachos que salen de la escuela, en varios grupos, los pasajeros echáronse a caminar, los más sin rumbo ni propósito, y los que debían quedarse allí, por ser el término del viaje, a buscar asilo y reposo.

En terreno plano, las angostas y torcidas callejas de Cádiz impresionan por su aspecto limpio y sencillo. Las fachadas, de altos muros, empenumbran las vías estrechas; pero como domina el color blanco, la pintura clara, hay, a pesar de la ligera penumbra, alegría en el ambiente. Por lo general, no hay balcones, sino miradores de cristales cerrados. Es raro ver asomada en ellos a una persona. Figúrome que esta es una de las seculares costumbres, residuos, tal vez, del retraimiento oriental. Pero si no mujeres, flores sí suelen asomar por las casas; lindos tiestos de claveles que ponen su nota de rojo encendido en la apacible blancura de los muros. De cuando en cuando, plazas arboladas, por donde discurren, con provinciana lentitud, los vecinos; una anciana obesa, con la canasta al brazo; un sacerdote de capa y sotana, y peludo y acordonado sombrerillo; un joven de chaquetilla ceñida y sombrero cordobés; un señor con figura de oficinista pobre; un muchacho de blusa larga que vocea periódicos.

Y es allí donde reside la alegría: en ese movimiento callejero; en esa gente que, sin precipitarse, va de aquí para allá; en esas morenas de andar garboso; en esos obscuros mantones; en esas peinetas que, bajo las mantillas trasparentes, muerden cabellos lustrosos; en esos grandes ojos que relucen; en esas provocativas bocas que sonríen; en esos rostros agitanados, por los cuales pasa a cada instante un relámpago de contento instintivo.

Cádiz no es monumental; algún rincón moruno tiene interés; algún resto medioeval, un retablo, un pedazo de muralla, son evocadores; algo moderno: la estatua de Moret, la placa conmemorativa en la casa de Castelar... En su reducida picanoteca hay un Rubens primoroso y cinco o seis admirables Zurbarán; un Ribera magnífico. En su catedral, de estilo Renacimiento español, poco significativa, guárdanse algunas piezas de vieja orfebrería: vasos sagrados, puños de espada, cruces...

Mas, si no es monumental, es plácida y está satisfecha de vivir así. Su alegría no llega al júbilo ruidoso; quédase en el sosegado contentamiento. Es comercial; pero, a primera vista, no parece emprendedora, ni se muestra poseída de la laboriosidad inquieta. Al verla, cree uno sospechar que esta urbecilla, de pulida claridad y dorada semipenumbra, vive, a su gusto, en el trabajo rutinario, que si no la enriquece, tampoco la afea ni desgasta. Es linda, y con eso le basta. El salado aliento del mar, al acariciarla, se impregna de aromas de clavel y de fragancias de manzanilla. Hasta el tráfico del puerto es pausado, con un dejo de arcaica parsimonia. Las barcas de los pescadores dormitan en la orilla como gaviotas fatigadas. Apenas si se distingue, entre las quebradas líneas de las casas, la chimenea de una fábrica.

Como buen hispanoamericano, quise pasar por el edificio donde, en 1812, se efectuaron las memorables sesiones de las Cortes. Si unas losas de mármol, con nombres grabados en oro unos y otros en negro, no señalaran la casa, nadie pararía mientes en ella. Por lo que he contemplado en unas cuantas horas de vagabundeo—calles, plazas, palacios, templos—, no logro rehacer en mi fantasía a la Cádiz cartaginesa, ni a la medioeval, ni a la morisca; sería preciso, para ello, venir a estudiarla y a sorprender sus secretos. Lo que sí me imagino, lo que me reproduce el ambiente, es la Cádiz siglo diez u ocho; la de los casacones bordados, las rameadas chupas, las pelucas blancas, las procesiones suntuosas, los saraos deslumbrantes. De esa sí quedan rastros, reliquias, no apagadas visiones. El requiebro mismo que los españoles dirigen a esta ciudad es de época; la llaman: «la tacita de plata».

Al terminar mi rápida visita, sentéme a descansar en una de las mesas que invaden la calle en el café que está frente al mar. Concurridísimo estaba el sitio. En todas las mesas se charlaba con insinuante gracia. Algunos chicos limpiabotas ofrecían sacar «mucho brillo» al calzado, por sólo diez céntimos. Serían las siete de la tarde. Un crepúsculo prolongado entintaba las velas de las barcas, los cascos de los buques, la superficie del agua en el mar; y en la tierra, las casas, los cristales de las ventanas, las copas de los árboles. Agata y violeta era el ocaso.

Junto a mí, alrededor de una mesa cubierta de vasos de cerveza, tazas de café y cañas de manzanilla, hablaban unos jóvenes con la audacia de la inexperiencia. Se habían enzarzado germanófilos y aliadófilos en arduas disquisiciones. Apasionábanse ambos bandos. Temí, por un minuto, que la discusión degenerase en riña.

Y no. De repente, uno de los oradores, comenzó a cantar «sotto voce»:

Tus amores me han «matao»... ¡ay!