Los oficiales ingleses consultaron, por medio de radiogramas, qué debían hacer con aquellos hombres que, a pesar de coincidir con las señas y tener aspecto y acento teutones, estaban resguardados por pasaportes americanos. La consulta se resolvió después de cuatro horas de detención; los marinos del buque de guerra bajaron sin prisioneros, y el trasatlántico siguió su interrumpida marcha. No hubo ningún otro incidente hasta el arribo a Nueva York, donde el mallorquín se despedió de sus amigos, quienes, una vez en tierra, le confesaron que eran los alemanes a quienes buscaban los oficiales ingleses, y que, con mucho secreto, llegaban a cumplir una delicada y patriótica misión. Y el mallorquín mostraba el reloj que uno de ellos le había dejado como recuerdo.

En torno de esta anécdota de actualidad, fueron saliendo otras más o menos verosímiles, que preparaban a los oyentes para las próximas contingencias.

—No va a ser grave lo que suceda—murmuró al lado mío un sujeto de anchas espaldas, peligroso, mirada franca y muy abierta, y rostro de piel atezada y curtida.

Las palabras de este pasajero, pronunciadas con aplomo, inspiraron confianza. Me propuse saber quién era el que hablaba así, de modo tan diverso a los demás. Acerquéme a él y entablé conversación. Era el capitán de un barco que quedaba anclado en Cádiz. A Barcelona iba el capitán, llamado para asuntos de servicio, por su Compañía naviera. Tenía veintiséis años de navegar por el Mediterráneo. Lo conocía playa a playa, rompiente a rompiente, ola a ola.

Y él me confirmó la noticia acerca de las molestias que podrían sufrirse durante el tránsito del Estrecho.

Mientras tanto, el viejo y pesado buque corría cuanto le era posible, aprovechando los vientos. A eso de las dos de la tarde pasamos no lejos de Tarifa; se distinguía la muralla de piedras amarillas, la columna del faro y, medio borrada, sobre los áridos peñascales de la costa, la geometría rectangular del histórico pueblo. La falda de la montaña subía, pelada y ocre; de estribación en estribación, se alejaba y desvanecía en un fondo de acarminado violeta. Por frente a Tarifa alzábase también, surgida repentinamente de la raya del horizonte, la sinuosa franja azul de la ribera africana. Todo este pedazo de mar está lleno de historia. Recordarla es animar de sombras bélicas este cuadro grandioso.

A las tres y media estábamos en el Estrecho. Como estaba previsto, un torpedero vigilante nos hizo señales para que detuviéramos el paso. Obedeció el trasatlántico, que llevaba izada la bandera de reconocimiento. Y asomados a la barandilla de cubierta, los pasajeros, curiosos e intranquilos, se pusieron a esperar. El torpedero se acercó: era una ligera embarcación pintada de plomo, y que, fuera de sus extremidades, apenas salía del nivel de las aguas. Se la veía, eso sí, armada y dispuesta. En su pequeñez, daba el aspecto de una formidable máquina de guerra. En conjunto, presentaba la forma de una gigantesca lanzadera. Cuando estaba a unos cuantos metros de distancia, salió de la cámara un hombre en mangas de camisa y con una bocina en la mano. La cual bocina se echó el hombre a la cara inmediatamente, y empezó a hablar, en español, con nuestro capitán que, con su correspondiente bocina, también estaba en el puente del trasatlántico.

—¿Adónde va?

—A Barcelona.

—¿Qué carga trae?