—General.
—¿Pasó por Nueva York?
—Sí.
—Espere en Gibraltar. Por favor.
Nuestro buque, obediente, se encaminó a la bahía. Cuarenta minutos después fondeaba en ella. Pequeña es, pero está muy bien aprovechada por los ingleses: su amplio dique, su dársena. Detrás de los muros, echados, como protectores brazos de piedra sobre el mar, salían las torres y las chimeneas de los barcos de guerra resguardados ahí. Decíase que algunos de ellos estaban prisioneros. ¿Correríamos nosotros la misma suerte? En todo caso aquella visita resultaba interesante. No son hasta ahora muchos los que pueden jactarse de haberla hecho. Aquel lugar está—desde hace dos siglos, y no sin cierta mortificación para España—misteriosamente vigilado por la celosa Albión.
Estábamos en la bahía, mirando a menos de media milla, todo un lado del célebre Peñón. El otro lado, el opuesto, es un cantil cortado a pico. Este no; es una ladera empinada, en cuya falda se agrupa la población y se tienden los cuarteles y demás departamentos militares. El Peñón, en masa, semeja vagamente una inmensa y monstruosa fiera asobinada en la puerta del Mediterráneo. La aguda cima es como la giba de un animal. Y la giba está erizada de púas horizontales; son cañones, que en la altura se perfilan como delgadas líneas negras. Casas, muchas, altas, horadadas por multitud de ventanas, apretadas unas contra otras y subiendo hasta donde pueden por el declive del promontorio. En la felpa de musgo, rasgada en diferentes partes por las rocas, se ven extrañas y preciosas rayas, en zig-zag, muros de cal y canto que parecen, de la cumbre abajo, dividir predios. Bajo el dorado vaho vespertino se diluye la obscura cuadrícula de las calles, rota, a veces, por el hueco verde de un jardín. Todo solitario y silencioso. Produce, vista desde el barco, el efecto de una ciudad abandonada. La creeríamos desierta si no fuera porque, de cuando en cuando, suenan apagados toques de clarín.
Yo pienso en alta voz:
—¡Qué soledad!
Y el capitán pasajero que mira junto a mí, responde a mis cavilaciones.
—Pues no; muy poblado está siempre esto de gente de mar, de soldados, de familias, todo inglés. Y tan poblado que, el Peñón entero, tiene extensas horadaciones para dar cabida a cuarteles, depósitos de armas, galerías...