En los ojos ha de vérseme la duda, porque el capitán, que es un sobrio verbal, insiste.

—Sí, amigo. Fíjese usted—y señala—. Por allí.

—Es una enorme fortaleza—concluye—. Y como yo, vuelve a hundirse en la muda contemplación.

El barco nuestro espera. Después de largo tiempo se desprende de la orilla un remolcador; llega a nosotros, y vemos subir por la escalera a un viejo oficial correctamente uniformado de azul, y a otro joven de grado inferior, con reluciente traje blanco. El sobrecargo sale a recibirlo. Suben a hablar con el capitán, bajan tras un breve rato con los «papeles del trasatlántico»; los lleva el oficial vestido de blanco; se vuelve a tierra en el remolcador.

Nosotros vemos estos incidentes, aunque sonriendo, un tanto intranquilos. Pero la curiosidad nos distrae, y la naturaleza que nos rodea, es bellísima. Se está poniendo el sol de un modo solemne, como conviene a las circunstancias. Los contornos de la remota cordillera se destacan limpios, con entonaciones de zafir, en el moaré esplendoroso del Poniente, que se refleja, empalidecido, en un mar color de perla, inmóvil como un lago en calma. El espíritu se baña en la diafanidad rosada de la atmósfera. La naturaleza invita a la paz, pero los hombres no la ven, no la quieren.

Alguien se fijó y preguntó:

—¿Qué es aquéllo?

A lo lejos, brincaba sobre el haz de las aguas. Era un coleóptero negro, un enorme y saltador escarabajo. Su vuelo se hizo más rápido, más, y ascendió, y pasó zumbando sobre nosotros, y se hizo un punto obscuro en una nube del horizonte. Era un hidroplano que estaba cumpliendo con su misión de atisbo y espionaje.

Las horas pasaban; cuatro, cinco, y los papeles no volvían. Habíamos bajado a comer y habíamos vuelto a cubierta. Una que otra ventana se encendía en Gibraltar, y palpitaba como una chispa en la sombra.

A las ocho y media regresaba el remolcador con los oficiales y los papeles, y el buque, autorizado, tornaba a emprender la marcha interrumpida. Desde la orilla, de distancia en distancia, movíanse tres poderosos reflectores que arrojaban, siniestramente, su extensa ráfaga de plata deslumbrante sobre la tiniebla del cielo y del mar.