Un niño arroja un día una maraña de cabellos sobre un papel. Después, caprichosamente, va deshaciendo la maraña, hilo por aquí, hilo por allá, torcido éste, derecho aquél, y a un lado, tan abierta como se puede, abre una raya, recta, firme, que se prolonga hasta la terminación de la maraña. Pues bien: ese niño hace, sin quererlo, el plano de la vieja ciudad de Barcelona; tan intrincadas así son callejas y callejones, tan irregulares los lineamientos, tan quebrados y absurdos los perfiles y trazos. Pegada al mar y no obstante obscura, con sus altos muros de casas viejas, con las piedras milenarias y ennegrecidas de sus fachadas horadadas por los vanos asimétricamente colocados, con sus calzadas estrechas, por donde el transeunte va, en algunas partes, temeroso de abrir los brazos y tocar las paredes de las aceras, con su ambiente arcaico y feudal, Barcelona muestra los rastros perennes de las épocas y de las civilizaciones; torres romanas, palacios góticos, bóvedas ojivales, ventanas morunas, y conserva en su destartalamiento y vetustez un aire grave y noble que le da majestad y que nos inspira respeto. A ciertas horas, a la caída de la tarde, durante el obscurecer de uno de estos inacabables crepúsculos, o bien entrada ya la noche en la solemnidad del silencio, el viajero que pase por frente al ábside de la catedral, o visite el claustro de San Pablo, o se detenga en la cerrada Plaza del Rey, o simplemente vagabundee por este laberinto de calles angostas, tendrá que sentir un poco de extrañeza al ver cómo la indumentaria de los transeuntes, y la propia suya, no corresponden a la fuerza evocativa de los parajes. Hay un evidente anacronismo entre el vestido y las viviendas, entre las telas y los sillares, entre los hombres y las cosas. Borceguíes bordados, calzas de seda reluciente, ropillas de terciopelo enflecado de oro, banda heráldica, espada de puño repujado, gorra de pluma blanca sostenida por el joyel, como por una estrella cintillante; capa airosa y amplia, con ondulaciones de manto; arrogancia en el andar, donosura en el decir, firmeza en la mano enguantada, serenidad en el barbudo y serio rostro; así pasan, así debían pasar las gentes por debajo de este retablo, por junto a aquel contrafuerte, deslizándose por esotra historiada ventanilla, ascendiendo por aquella empinada escalinata. Rotos escudos de piedra ornan claves de puertas y pilones de fuente. Arcos pesados unen aquí y allá los muros de las casas fronteras. El hierro, fiel compañero de la piedra, se envejece con ella; muchos portones claveteados; allí el gancho de un farol, acullá la ménsula de una lámpara. Y el aire del mar, que ha atezado todo con su aliento salino.

Mas estas fantasías pierden vigor y se deshacen ante la arrolladora visión de la realidad. Por las callejas medioevales pulula el moderno pueblo catalán, la anciana gorda y erguida de canasta al brazo y pañuelo en la cabeza; la mocetona sin manto, ceñuda como un sargento y rolliza como una mascota; el obrero ampliamente musculado, fuerte de ánimo y robusto de tórax; la empleadilla pulcra como una damisela, de corpiño albeante y lustroso peinado; tipos de una exuberancia y una energía extraordinarias; figuras bien plantadas y fuertes, llenas de confianza en sí mismas. En ellas, cualquier cosa denota energía: muévense con seguridad, miran con franqueza, hablan en alta voz.

Y aquel núcleo viejo de la ciudad, por donde hormiguea un pueblo laborioso y vigoroso, por donde se abren tantas tiendas, por donde viven tantas gentes, por donde, para el artista, van y vienen los recuerdos, de claustro en claustro, de palacio en palacio, de playa en playa, de iglesia en iglesia; aquel barrio donde se levantan el gótico monumento de Santa María del Mar y las típicas torres de la Plaza Nueva; aquel viejo núcleo está incrustado, como una mancha negra multiplicadamente rayada de blanco, en el gran plano de paralelogramos regulares, de bloques alineados con admirable precisión, con ideal exactitud; son las manzanas, las calles, los paseos, los parques del Ensanche; la ciudad nueva, pulida, elegante, dilatada, por lo que la vieja tiene de exigua, valetudinaria, apretada y sombría.

Pero yo he dicho que el niño que con una maraña y un papel trazara, sin querer, el plano de Barcelona la antigua, tendría que poner de un lado una raya firme y ancha. Y por esta raya, la que fué capital de Saletania, la Barcino legendaria, gusta de comunicarse con la hermosura del Ensanche. Y esta raya que se prolonga está formada por las hermosas «Ramblas». Hablemos en un rasgo de las «Ramblas».

BARCELONA
II

LA EXTRAVAGANCIA DE LA PIEDRA

LAS calles, plazas y paseos de Barcelona la nueva, la del Ensanche, no llaman la atención tan sólo por sus dimensiones, por su arbolado, por la incesante multiplicidad de sus monumentos y estatuas. No; lo que en esta grande y flamante ciudad interesa más, llama los ojos y pica la curiosidad, son los edificios. El genio catalán se ha manifestado en la arquitectura atrevida, rara, que se le nota está descontenta de las formas creadas hasta aquí, y busca otras combinaciones, otras líneas, otra distribución y otro agrupamiento de las masas, algo que no sea ya la fachada inexpresiva, el vulgar estilo, la ciega obediencia a los modelos consagrados, la copia de una estampa.

Crear, hacer belleza en el arte magnífico y sereno de la construcción, es de una dificultad aterradora. Pero aquí los arquitectos han sido audaces, y fiados en el vigor de su talento, han obligado a la piedra a la originalidad, y algunas veces a la extravagancia. Son inquietantes este modo de mezclar órdenes y estilos, esta persecución de la asimetría, esta extraña concepción de la forma, esta inarmonía lineal, estas bruscas apariciones de la ojiva en pleno muro del Renacimiento, estas reminiscencias románicas en el ornato muzárabe... La más caprichosa fantasía preside estos sueños de piedra. Todo se encuentra aquí: torres caladas, arcos que imitan la antigüedad, paredes de azulejos multicolores; una casa que parece una ermita; otra que finge una mezquita, y todo ello entonado pintorescamente en este aire de oro que no deja labrado sin relieve, color sin brillo, línea sin precisión.