En este sentido, el famoso templo de la Sagrada Familia, sin concluir aún, y que es la obra gigantesca de un soñador tremendo, es lo que se llama la última palabra. Mirando el pórtico, entrecruzados los ojos para abarcar aquel conjunto estrambótico y simbólico, de ángeles, santos, reptiles, aves, fieras, gárgolas y monstruos, no colocados al capricho, sino en una deliberada e intencionada composición, y, sin embargo, en una especie de loco desorden; descifrando, queriendo descifrar, mejor dicho, desde las dos torres, que son dos colosales colmenas, hasta la base de las dos columnas fundamentales, que es una tortuga-atlas; sorprendiendo primores de detalle e incomprensibles complicaciones recuerda uno del modo más natural la frase del poeta e inmediatamente la aplica a la contemplación.—Esta es una pesadilla petrificada. Hay en el arquitecto catalán un irreducible, tal vez, en ocasiones, sumado a un delirante, pero indudablemente en cantidad y calidad mayores, hay un artista, un brioso y fuerte artista.

El arte ha sido siempre distintivo de estas tierras heroicas. Allí está Barcelona la vieja, que frente a esta espléndida del «Ensanche» puede, entre el laberinto de callejuelas, alzar sus monumentos patinados por los siglos y venerados por la historia.

Barcelona es la productora, por excelencia, de libros. Es un centro editorial de primera importancia. Hay que ver la cantidad de hojas volantes, de folletos, de revistas, derramadas a los cuatro vientos, en tan incesantes vuelos, que no parece sino que el aire mismo se vuelve, a ratos, papel impreso.

Si los impresores trabajan, los albañiles no están ociosos. Aquí se hacen, sin cesar, libros y edificios. Aquí no se puede repetir la sentencia de Claudio Frollo: «Esto matará aquéllo.»

BARCELONA SE DIVIERTE
III

NO tengas miedo aquí, campesino bonachón y crédulo, de que a estas horas, las once de la noche, en alguna de estas encrucijadas, el alma en pena de Berenguer el Fratricida se nos aparezca y nos amedrente. Ya no hay fantasmas, no hay más que malhechores, como en toda gran capital. Esta es la tierra de los «timos», y es a los timadores a quienes debes temer, no a las sombras. ¿Ves conversar a la luz de aquel mechero verdoso a tres caballeros de bombín flamante y bien cortada americana? Uno, ¿lo ves cómo ha llevado la mano a la boca para detener en ella un fragante veguero, y en esa mano brilla el ojo resplandeciente de un diamante que alumbra, con ser tan pequeño, más que el farol de la calle? Lo puedes notar. También otro de ellos lleva clavada una estrella en el nudo de la corbata. Y el tercero muestra orgullosamente una cartera de piel adobada, que revienta de billetes de Banco. A éstos sí debes temerles, y no a endriagos y aparecidos. Pasemos lo más lejos posible. Porque pudieran muy bien acercarse a nosotros, entablar conversación y hacerse nuestros amigos; si eso sucediera, mira que podríamos caer en cualquiera de estos garlitos: el de la «herencia», el del «portugués», el del «casamiento»; y tus ahorros, esos que llevas cosidos en el bolsillo de la chaqueta, y ni a Dios enseñas, pasarían a las manos de los timadores por un limpio acto de prestidigitación; te lo aseguro.

Fuiste ya a oir en Novedades a la Compañía de María Guerrero, quien parece no sentirse vencida de la edad, como la espada de D. Francisco de Quevedo; ya te deleitaste con la música de Maruxa, y te divertiste con la vacuidad del género chico; ya te asomaste al teatro catalán, en una velada al aire libre, en las Arenas de Barcelona, donde tres o cuatro millares de obreros ocupan las gradas del extenso anfiteatro. Viste desarrollarse en el rústico tablado la fábula de Daudet, la famosa «Arlesiana», comentada y subrayada por la pintoresca y cordial música de Bizet. Hastiado estás del cinematógrafo y de sus dramas espeluznantes; no alcanzaste la temporada orfeónica, y te has contentado con visitar el palacio del célebre coro catalán, en cuya arquitectura, de gusto discutible y de indescriptible originalidad, hay una maravilla de arte: el grupo escultórico de Blay.

Mas aún nos queda por conocer una de las diversiones típicas de Barcelona: los cafés cantantes. Sé lo que vas a decirme: el café cantante es una de las más viejas perversiones europeas y americanas. Pero es que aquí adquiere una peculiaridad que, por ahora, lo distingue de los otros, de los de París, de los de Madrid. Ya verás.