Del monumento a Colón al llamado Paralelo, no hay más que un paso. Si se diera otro más se llegaría al Montjuich. Pero no es necesario. En esta amplísima calle, por donde incesantemente van y vienen tranvías, hay luces en las fachadas, anuncios eléctricos, focos de colores, llamativas iluminaciones que se extienden por ambos lados, hasta perderse en la obscuridad de la noche. Son los cafés cantantes unos diez, cien, quizá doscientos, muchos, que ofrecen la impresión de lo inacabable. Están funcionando todos desde las cinco o seis de la tarde. Su aspecto y su construcción nada tienen de particular: una sala de espectáculos, con sus bancas en fila, como en un teatro, y en cuyos respectivos respaldos una tabla pulida sirve de mesa a los concurrentes posteriores; una o dos series de palcos, llenos de mujeres livianas y de tenorios callejeros; y abajo y arriba, y por todas partes, desenfado licencioso. Este pueblo no se embriaga, de modo que la copa de cognac, o de anís o de Bacardí (como en La Habana impera el nombre y también el anuncio de luz), son un pretexto para tomar asiento. Hay más vasos de café que de vino o cerveza. Y más, muchos más que los vasos y que los concurrentes, hay cupletistas.

Para cada teatrillo de estos, pasan, noche a noche, treinta o cuarenta mujeres, vestidas al capricho, semidesnudas las más, y otras, que muy poco tienen que hacer para desnudarse en el tabladillo iluminado «a giorno». Sedas, rasos, gasas, lentejuelas, que se agitan y deslumbran sobre las carnes pintadas de estas artistas ínfimas. Las hay catalanas, italianas, francesas y andaluzas. Las coplas pícaras, las canciones de moda que chorrean malicia, los retruécanos indecentes, las alusiones pornográficas, están acentuadas y completadas por el gesto y la música, que son de un naturalismo despampanante.

La chulería madrileña y la gitanería sevillana triunfan en estos diarios concursos de la gracia malévola. Porque hay, indudablemente, gracia en la letra, en la música y en la interpretación de estos cantos, que, aunque caricaturescos, reproducen en su forma perversa, la vida popular. A veces, por entre los temas canallescamente amorosos, se desliza alguno de franco sabor romántico y de libre opinión política. Los hay también socialistas y dramáticos, rencorosos, apasionados, llenos de protestas y amenazas.

Mal disfrazada y peor comprendida, cruza todas las noches por aquí la «rumba» cubana.

El baile se entrevera con el canto. Las castañuelas, hábilmente tocadas por las bailarinas, marcan el ritmo sensual de jotas y sevillanas. Las muchachas se descoyuntan en violentas actitudes, que sirven muchas veces para obligar a las faldas a que dejen de cumplir con su deber. Son los mismos viejos bailes de que nos hablan las crónicas del siglo XVII: el «gateado», el «zapateado», el «escarramán», revividos de un modo singular, en una plástica vigorosa y nueva, en una visión modernista de lo más interesante y característico.

En el tablado radiante, entran y salen mujeres provocativas, gordas como cacharros de vino, espigadas como caña de manzanilla; magras unas, amplias las otras, blancas y morenas, hermosas y feas, cada una con su desvergüenza, con su desenfado, con su tentación a luz de mirada y con su sonrisa a flor de labio. El quinteto de músicos, fatigado, ronronea abajo. Los mozos del café van y vienen con las charolas llenas de vasos. Y... en el salón, los espectadores, de cuando en cuando, juntan sus manos para producir un desmayado aplauso. El público de los cafés cantantes muestra más indiferencia que deseo, más hastío que sensualidad. No se embriaga con vino; pero tampoco con entusiasmo.

—¿A qué van entonces allí?—preguntas tú, campesino candoroso, que probablemente sientes delante de estas muchachas bailarinas lo que Herodes delante de Salomé.

—Pues a matar el tiempo, a atemperarse el fastidio, a encanallarse mejor que a divertirse, y a procurar encender en un grosero incentivo su fatigada imaginación.

Claro que por aquí andan los rubicundos alemanes, los franceses de cara ingenua, las cocottes de las Ramblas, y de seguro que también la andante apachería se habrá diseminado por los cafés cantantes del Paralelo y de la calle del Conde del Asalto. Son muchos y grandes estos teatros típicos, y todos ellos llaman con sus anuncios luminosos. Pero no son estas diversiones sólo para extranjeros pervertidos. El pueblo catalán asiste a ellas, y en ellas domina. Suyas son y han entrado en sus costumbres. Hay aquí una domadora de voluntades: la cupletista.

A este barrio viene la espuma que forma el flujo y reflujo de la vida en plenitud, rica de ansias nuevas. En el Café Español, el de los obreros, vasto como una catedral, iluminado como un palacio, hay millares de mesas pequeñas, en torno de las cuales se aprietan las familias, la mujer, los hijos, los hermanos. Hay blusas azules, manos gruesas, pipas humeantes, francas risas y rumor de conversación por todas partes. Junto al enfermizo espectáculo, vive la reunión saludable; entre la maldad alborotadora, se abre paso la honradez tranquila.