Pero, ¿qué te sucede, campesino? Te has detenido frente a un café cantante; entras en el vestíbulo, espías. Un ruido metálico, un tín-tín argentino te llama la atención; te fijas hacia un lado. En el fondo, alrededor de una mesa de tapete verde, se inclina, en un espectante silencio, una multitud de hombres y mujeres. ¿Una sala de juego? Sí, precisamente eso. El café cantante es tal vez el pretexto. Y no hay, tal vez, uno que no tenga al lado, devoradora y pérfida, una mesa verde. Birján aprovecha las redes que Venus tiende a los cándidos.
Así, al comenzar el verano, cerrado el Liceo, mudo el orfeón, desganada la zarzuela, con el pie en estribo la comedia, se divierte la ciudad laboriosa y monumental, que gusta de morder por la noche la agria manzana del pecado.
EN BARCELONA
I
ALIADÓFILOS Y GERMANÓFILOS
FIESTAS DE NIÑOS Y FLORES
MIENTRAS voy subiendo por la empinada calle que conduce al Parque Güell, me entretengo en oír conversaciones en español, que lo que es de las otras, de las catalanas, no percibo sino palabras sueltas. Leo el lemosín, pero no lo oigo; y en esta ciudad son escasos los momentos en que se habla castellano. Pero alguna vez, el hijo de esta tierra tiene que comunicarse con sus compatriotas, con el montañés, con el gallego, con el vasco, y entonces recurre al idioma común, no sin hacer para ello un visible esfuerzo, porque está siempre bien hallado su pensamiento con la expresión vernácula.
Y, en esta tarde de domingo, somos muchos los que vamos al Parque Güell a ver una «fiesta de niños y flores». Naturalmente que los obreros, vestidos como cualquier burgués elegante, no faltan. Estas excursiones al campo son el recreo de los días de fiesta. El pueblo sale de la ciudad y se va a la montaña, como el «Zaratustra» de Nietzsche.
Y entre los paseantes, los hay de distintas regiones de España. Por eso se oye el castellano, y por eso puedo entretenerme en escuchar algunas conversaciones. Todas son sobre la guerra, sobre el último combate naval del mar del Norte. Hay en esas conversaciones asombro, pero también pasión. Germanófilos y aliadófilos discuten con tibio acaloramiento, que denota que están enfrenados los ímpetus. En Barcelona, el germanofilismo es abundante. En los cafés, en los teatros, en las plazas, en los paseos, me he dado cuenta de esa abundancia. Sin embargo, los partidarios de los aliados no son pocos, y si pueden vencerles sus contrarios en cantidad, difícilmente en calidad pueden ganarles. He notado, y es esta una observación que no he podido comprobar, porque para eso necesitaría vivir aquí largo tiempo, he notado, repito, que, en general, las clases intelectuales son aquí decididamente aliadófilas, en tanto que las no intelectuales son decididamente germanófilas. Un comerciante, por ejemplo, se pone a conversar de la guerra con un doctor, y las tendencias contrarias aparecen a poco andar; el comerciante muestra sus simpatías, más fervorosas que reflexivas, por los imperios centrales; el doctor enseña su criterio, frecuentemente razonado y favorable a Francia, Inglaterra, Italia y Rusia.
Y en esta vez, en esta tarde de domingo, he logrado recoger algunos juicios y reflexiones.