Tres sujetos vienen junto a mí hablando de la guerra. Dos, son admiradores de Alemania, y uno, de Francia e Inglaterra. Se discute la entrada en Cartagena del submarino teutón. Y de repente, en medio de la caldeada conversación, cae un frío vocablo: neutralidad. Y el buen sentido de esta gente se pone de acuerdo en un punto esencial de la vida política española. Y aparecen las razones serenas, ponderadas, exactas, en favor de una noble y completa abstención de este país, en la locura infernal de la guerra. Es el papel que, según estos hombres, toca representar generosamente a España. Y por entre la malla de las lucubraciones, viene rodando, en vuelo alegre, la peseta, la favorecida precisamente por la actitud de prudencia y tacto de la nación española; la peseta, la que, como David a Goliat, ha vencido al «dólar».

Escucho y sonrío. Recuerdo que estoy en la tierra de Cervantes, y que el buen Alonso Quijada concedía, de cuando en cuando, la razón a las irrefutables llanezas de Sancho.

II

FIESTA DE NIÑOS Y FLORES

EN uno de los primeros escalones de la montaña está el jardín. La entrada es majestuosa, como de peristilo helénico. Detrás de la galería de columnas, una inmensa planicie se extiende dentro de un círculo colosal de lustrosas bancas de porcelana. Arriba de la planicie, una balconada rústica. Y más arriba, la montaña, que sigue trepando, cubierta de manchas de hierba, de picos de roca, de felpa de musgo, de copas de árboles, de lindas casas blancas. Interminables hilos de gente suben y bajan por las escalerillas de piedra, se estacionan debajo del ramaje, se asoman por los balcones rústicos, escogen su sitio entre los musgos, se rompen, se atan, se desmenuzan, pintorescamente matizadas por los trajes claros y obscuros de las mujeres, por la invertida corola de las sombrillas, por las plumas y adornos de los sombreros femeninos. Es una invasión de colores sobre un fondo de verde fulgurante. La tarde está prodigiosamente diáfana.

En pie, reclinado en el respaldo de porcelana de una banca, vuelto de espaldas a la montaña, miro tenderse, abajo, hasta el mar, la fastuosa urbe catalana. Es estupendo el panorama. Yo había podido disfrutar de él desde más arriba, desde el Tibidabo. Pero allá es más impreciso, por más lejano, y se ve como a través de un pálido y nacarino celaje. Aquí no; aquí se distinguen, como en un dibujo finamente trazado, los bloques rectangulares de las casas, la cuadrícula de las avenidas, las paralelas de árboles de los paseos, los polígonos de las plazas, las agujas, las colmenas, las chimeneas, la ciudad entera, que se derrama en suave declive, vastísima, hermosísima, hasta tropezar con la franja pulida, de azul luminoso, del Mediterráneo. El espectáculo asombra y conmueve. Produce un principio de éxtasis. Lo contemplamos y sentimos en los ojos humedad de lágrimas y recónditas y misteriosas ternuras en el corazón.

* * *

Mas es preciso asistir a la fiesta de los niños y de las flores, y volver, por lo mismo, la cara a la montaña.

Ya están preparados los chicos. En seis o siete filas, uniformados, en trajecillos de campesino catalán, con su camisa albeante y su encendida barretina, esperan, en mutismo escolar, la indicación del maestro que, frente a ellos, los capitanea y dirige. A la altura de los balcones montañeses se corre de pronto una cortina colorada y aparece, hecho con flores amarillas y rojas, un escudo de grandes dimensiones. Es el símbolo sagrado de la patria. Los niños rompen a cantar. Cantan afinadamente, orfeones de frase simple, pero amplia y emotiva. Las vocecitas, que todavía conservan algo del trino angélico de los primeros balbuceos, se armonizan en un conjunto que tiene algo de coral religioso. Y hay que ver en aquellas caritas sonrosadas, la alegría de cantar.

El orfeón infantil recibe un poderoso refuerzo de voces femeninas. Las chiquillas, como bandadas de mariposas blancas, llegan y se enfilan detrás de los muchachos. Recomienza el coro. Son centenares de niños los que cantan; millares son los que escuchan, en la planada alrededor de la montaña, en las bancas, en los prados, escondidos detrás de las ramas en flor, asomados a los balcones rústicos; por todos los lugares, en todas las clases, atentos a su fiesta, a la que ha venido media Barcelona a acompañarlos, a estimularlos, a aplaudirlos.