A cada instante suenan, en efecto, los aplausos. Las ovaciones maternales se suceden. Las flores se deshacen sobre el orfeón, en lluvia de pétalos. Y después de los orfeones de los pequeños, vienen los de los grandes, los de los barbudos hombres, que tienen también la voz dulce y la mirada candorosa. Este pueblo se ha acostumbrado a reunirse para cantar, y sabe bien que así, sintiéndose cerca el corazón, se comprende y se unifica mejor el ideal colectivo.

Y tras los orfeones viene el baile regional: la Sardana. Suena en la orquesta, bañándose en llanto, la flauta pastoril. El tambor agreste marca, sordamente, el ritmo. Los demás instrumentos—el violín, el clarín, el contrabajo—sirven para empastar y colorear los sonidos.

Y se forma un primer círculo de muchachos y muchachas, una rueda de bailarines, unidos por las manos, como las coronas griegas. Y en esta actitud empieza, acompasado y tranquilo, el movimiento. Levantados, a la altura de la cabeza, brazos y manos, el cuerpo rígido, la mirada fija en el centro del círculo, los pies ejecutando una cadenciosa gimnasia, adelantándose el uno al otro, permanecen mozos y mozas, sin hablarse, sin mirarse casi, media hora, una hora, en una casta somnolencia que sigue el compás, monótono y tristón de la Sardana. Es un baile primitivo, arcádico, que huele a retama. No tiene un solo impulso de voluptuosidad; no enciende una sola chispa lasciva en estos ojos de veinte años. No es el pecado que se disfraza de regocijo; es la inocencia que siente la alegría de vivir...

La tarde, contagiada de candor, entrecierra los ojos con una melancolía bucólica. Niños, flores, bailes campestres, himnos patrióticos, quedan envueltos en una semiobscuridad de ágata. La fiesta se va apagando, desvaneciendo, con una fatiga serena y pura, como la de un infante que se cansara de jugar.

Y mientras, de vuelta, voy bajando por la empinada calle, en el silencio apacible de las cosas y el rumoroso bullicio de las gentes, pienso que esta es la verdadera Barcelona noble y honrada, que está empollando cuidadosamente sus destinos futuros; no la Barcelona del Paralelo, de los cafés cantantes, de la «cocotte» y del «apache», del timador y del tahur.

La llaga no indica el envenenamiento del organismo. Es exclusivamente una enfermedad de la piel...

EN MADRID
I

LA GUERRA Y LA POLÍTICA,
EN LAS MESAS DE CAFÉ