EN verano, el famoso sol de España, hace de Madrid una caldera hirviente, que, como en la de las brujas de los cuentos, huele a carne humana. Porque este sol podrá ser menos claro que el de Cuba; pero, en este tiempo, no es menos ardoroso. Las mañanas queman, las tardes achicharran. Dícese que el principio del día es de una tibieza agradable. Es posible; pero muy pocos, de seguro, gozan, en pie y despiertos, de estas horas tibias.—El que no se levanta con el sol, no goza del día—dijo hace más de tres siglos un vecino de Madrid, el ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra. Probablemente, la sentencia lleva escondido un reproche, y aparejado un consejo.—¡No os levantéis tarde, perezosos!—parece decir el pensamiento a los habitantes de la villa y corte. Mas las gentes suelen no hacer caso de las observaciones de los genios, ni de los preceptos de la higiene, cuando ésta o aquéllos contrarían los gustos sociales.

Y así es como los vecinos de Madrid, en su inmensa mayoría, siguen, a pesar del apotegma cervantino, levantándose tarde, sin disfrutar, por lo mismo, de las alegrías mañaneras. Pero no sucede eso sin ton ni son; largas explicaciones podrían darse para justificar la inveterada costumbre. Y la primera de todas ellas es, sin duda, la de que aquí las noches son deliciosas, oreadas por un vientecillo sutil, que se bebe como cualquiera de los mejores refrescos del Salón del Prado o de Telégrafos. Ya el alcalde Crespo se lo decía al capitán Don Lope de Figueroa, en solemne momento de la comedia calderoniana: que la recompensa que en Castilla tienen los días de agosto, son sus noches.

El madrileño no quiere, y con razón, perder un instante de esos plácidos, azules, serenos, reconfortantes, durante los cuales la vida y la naturaleza se acarician como dos enamorados. Para sentir la fruición de la frescura nocturna, el pueblo de la metrópoli española comete el crimen de Lady Macbeth: mata al sueño. Y tomando al revés la prescripción del autor del Quijote, no se levanta con el día, sino que se acuesta, precisamente, cuando «la rosada aurora abre con sus dedos de nácar las cortinas del Oriente».

A las diez de la noche, las casas están vacías, y los cafés, y los jardines, y los teatros, llenos. No es éste el Madrid elegante, ni el bien acomodado. Esos se han marchado a veranear, a las playas, a las montañas, a los campos, para evadirse a las divinas sofocaciones de la cortesana ciudad. Veranear entra en el programa de cualquier hijo de vecino... madrileño. Es más una necesidad social que higiénica. Hoy por hoy, el noble y el burgués, el comerciante y el empleadillo almibarado, han salido de aquí para poder escribir a sus amigos desde algún sitio conocido, participándoles que ellos son de las personas que veranean. Es de mal gusto dejarse ver por las calles de la villa durante los meses de julio y agosto. Se pierde el tono. Y hay quien asegura que también se pierde un poco la reputación.

En Madrid no queda sino lo genuino, lo popular, lo pobre, lo inamovible. Deja la ciudad su aspecto de linajuda elegancia, sus palaciegas recepciones, sus fiestas rutilantes, sus regocijos deportivos, el magnífico y extranjero bullicio por hoteles y vías, el desfile interminable de sus blasonados carruajes, y queda cuanto de típico posee la risueña y fácil metrópoli: el Madrid de la alegría sin dinero, de la algazara sin causa, del chiste sin aliño, de la confianza sin reticencias; el Madrid zumbón, epigramático, dicharachero, henchido de frivolidad simpática y de adorable «quemeimportismo». En los barrios, aceras y calzadas son estrados. En el centro, la tertulia de los cafés se hace más animada e íntima.

Como todo el mundo (a la tierra a que fueres, haz lo que vieres), yo he escogido mi café, y en él mi lugar. Es un sitio que me permite ver la procesión de muchachas que invade noche a noche la calle de Alcalá. La mujer madrileña es garbosa, graciosa, gallarda; mucha audacia en la mirada, mucha franqueza en la sonrisa; mucha acompasada agilidad en los movimientos. El matiz blanco domina en ellas, y hace contraste con el cabello y los ojos de negrura resplandeciente. Las dos extremidades ocupan y preocupan a la mujer madrileña: el peinado, que es una obra de arte, y el calzado, que muestra un cuidadoso atildamiento. Lo demás—la falda modesta o rica, el busto ceñido o suelto—sabe llevarlo la madrileña con sobria y natural arrogancia. Fuerte es y atractiva esta figura bien plantada de mujer española. Su juventud tiene fragancias y tersuras de flor. Lo penoso es que estos floridos y espigados veinte años naufraguen, rápidamente, en una deformadora onda de grasa. Esta tendencia a la obesidad es la enemiga de la belleza madrileña. Yo veo pasar a cada momento mujeres gordas, excesivas, rechinantes, cuya madurez se ha precipitado antes de tiempo, porque conservan todavía en sus facciones, en las pupilas, un fulgor juvenil.

En jamona prematura no siempre desaparecen los rasgos de una angélica pubertad. Salud es la de este tipo, salud hermosa y pomposa; mas lo que gana la fortaleza, lo pierde la plástica.

Viendo pasar tanto cuerpo grueso, tanto exuberante torso, me he preguntado si aquella multiplicada vastedad que, tan en breve modifica la belleza de las madrileñas, tendrá por causa la alimentación, el sedentarismo o la apatía. Un poco de esto le sucede también a la criolla cubana. ¿Por qué?

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El café, que se enfría en las tazas sobre la mesilla rodeada de parroquianos, importa poco, es un pretexto; lo que importa de verdad, y es lo fundamental, es la conversación, la charla incesante, la palabrería, la intimidad, el intercambio verbal que no cesa, y que hace, no como el beso de Rostand, un ruido de abeja, sino un zumbido de colmenas locas. Son numerosos y varios los establecimientos que desde la Puerta del Sol se tienden y extienden a lo largo de la amplísima calle de Alcalá, ocupan la de Sevilla, siguen por la del Príncipe, dan vuelta por la plaza de Santa Ana; a pequeños saltos invaden la calle de Atocha, vuelven a la de Carretas, y corren, corren, por todos lados, en todas direcciones; se abren paso en los arbolados de los jardines, buscan refugio en el pórtico de los teatros, se alejan hacia los barrios bajos, llegan a la Moncloa, sientan sus reales en el Parque del Oeste... Si se viese a Madrid desde lo alto, a ojo de pájaro, se distinguiría una compacta y radiante Vía Láctea; las luces de sus cafés, de sus restaurantes, de sus tabernas. En ellos, a decir verdad, hay poco modernismo; al contrario, muchos conservan un aire arcaico, un abrumamiento de ancianidad que impresiona; bancas, espejos, candiles, gentes, parecen retrasados y se nos figuran, por un instante, evocaciones de épocas pasadas, reflejos románticos, fantasmagorías de antaño.