Las conversaciones de café tienen frecuentemente dos temas esenciales: la política, la guerra. La conversación sobre política es generalmente turbia, apasionada, interesante e interesada. La facultad de la raza de expresar con inaprendida elocuencia, y de vestir con abundancia retórica la idea más insignificante, se muestra en estos paliques que, a ratos, toman las proporciones y las entonaciones de un debate parlamentario. Yo no creo que esto sea verdaderamente pensar en la política, sino verbalizar la política. El afán oratorio cubre y borra observaciones y reflexiones, y es a modo de corriente impetuosa que se desborda del cauce del juicio e inunda las comarcas de la razón. Estas agitadas inundaciones de los vocablos, ¿serán como las del Nilo, provechosas y fecundas? Pienso que podrían ser a condición de que, trayendo los deslaves de un alto ideal, bajaran a las llanuras periódicamente, no incesantemente, como suelen venir desde los cafés hasta las tribunas del Congreso.
El hecho es que la política es un asunto inacabable para la mesa de un café, y que sólo tiene otro ideal que lo sobrepuje, y, por determinadas horas, lo venza: el asunto de la guerra. La guerra no presenta los matices variados de la política, no es sino de dos colores, de dos matices, de dos simpatías: germanos y aliados.
Junto a mí, noche a noche, se instalan varios grupos discutidores de la guerra. Domina en ellos el germanofilismo, en cuanto al número, no en cuanto a la claridad de los conceptos. Durante esas charlas deshilachadas he oído disparates sociológicos y tácticos, geográficos y estratégicos, civiles y militares, podría decirse; pero a la vez he sentido la bravura, la fe con que cada individuo defiende su causa, como si se tratase de algo inmediato e íntimo, de importancia suprema para la vida personal. La pasión española es de una generosa tenacidad. Y es lo que el germanófilo de Madrid muestra por encima de cualquier razonamiento que se le oponga: la pasión. Yo noto que no es precisamente amor al alemán el que sostiene sus simpatías en esta guerra; es aversión al inglés. Un viejecillo, que es un vibrante manojo de nervios, ha dicho, golpeando con su mano sarmentosa la orilla de la mesa:
—...porque allí donde veo un inglés, veo a un enemigo.
Los aliadófilos, aparentando mayor serenidad, enseñan más justeza de ideas, encadenamiento de coordinación más completos en sus juicios y observaciones, y cierta inclinación al trascendentalismo, que convierte sus razones en doctrinas de orden más elevado y humano. Un partidario de los aliados hacía la siguiente observación:
—Los españoles no podemos ni debemos admitir el concepto de Estado, en que se funda el imperio teutón. Un Estado, al que se debe obediencia ciega, que se adueña de todas las voluntades, sin ristricción, ni límite, que manda y dispone a su guisa del ciudadano, que constituye una suprema entidad moral que ha de regir, con arbitrio inapelable, la conciencia individual; que no permite la libertad ni el albedrío; un Estado que se cierra en dogmas, que se manifiesta en opresión, que se revela en fuerza tiránica; un Estado intangible, inviolable, irrefutable, como la divinidad, y que hace de la existencia humana un instrumento inespiritual, no puede ser nunca aspiración y propósito en nuestras almas, ni admiración en nuestros entusiasmos. Porque con ese sistema se logrará formar un pueblo disciplinado, rígido, homogéneo, como un bloque de granito; pero no un pueblo espontáneo, eficaz, libre, más grande que el otro, puesto que la libertad es el resumen de todos los fines del espíritu, de todas las ideas humanas, como dice un germano, Fleinrich Mann. La guerra actual es la lucha de estos dos contrarios esfuerzos. Nuestra historia nos impide estar de aquel lado, en la simpatía y en la aspiración.
Lo difícil es percatarse del final de estas controversias, en las que, poco después del principio, hablan todos al mismo tiempo y en un creciente arrebato.
De estos laberintos oratorios suelen subir los que tan desaforadamente despotrican, cuando, de improviso, cae sobre la mesa, llevado por alguien, en una pregunta, en una alusión, en una impresión rápida, el asunto ambiente, el popular, el que atrae, como llama a la mariposa, a todo madrileño bien nacido: la última corrida de toros.
Allí sí que, bruscamente, se detiene la máquina política, sociológica, filosófica; y el problema de la guerra, sin empequeñecerse, como que se esfuma y desvanece a semejanza de un celaje, y la discusión, sin perder bríos ni ardores, tuerce el rumbo, y entra de lleno en el arte de la tauromaquia, en el que los madrileños sacan a luz su vieja y justificadamente célebre sabiduría. Los tecnicismos, las explicaciones, los análisis de las «suertes», el estudio de las habilidades, sustituyen con ventaja, por la expresión pintoresca e impregnada de gracejo, al comentario sano y vivaz, y a la elocuencia encopetada y tribunicia.
Porque si en Barcelona la cupletista es reina, en Madrid el torero es dios. Un diestro, un maestro, como aquí se dice, es un ser glorioso por excelencia, y glorificado por costumbre. Donde él llega, cualquiera otra celebridad palidece; cualquier otro mérito es olvidado.