Las conversaciones sotto voce, en estos casos, revisten un carácter alarmante que es de lo más entretenido. Es muy curioso oir cómo de boca en boca la exageración abulta y adorna los hechos, y con un grano de realidad hace una montaña de fantasía. Cada quién clava un nuevo incidente a los sucesos que se comentan. Estas charlas que he escuchado, con motivo de la huelga ferroviaria, son de lo más pintoresco y divertido que pueda darse. El español que narra episodios de interés general entra en competencia con las personas con quienes despotrica; y siente, a par de ellas, un estímulo de fantasear que lo lleva frecuentemente demasiado lejos. Trata de sobrepujarse, de causar una impresión cada vez más profunda, y que a él mismo lo agite con su propia palabra. El afán de elevar lo insignificante a la altura de lo extraordinario, lo excita como una bebida que lo embriagase.

Esto, que suele ser tan característico de los países latinos, se acentúa en determinados momentos, cuando se presenta una cuestión de interés colectivo, un asunto de gravedad social. Entonces se deforma la fisonomía de la realidad para hacer de ella una apasionante y dramática caricatura. Entonces, el escepticismo y el pesimismo, con sus brochas sombrías, pintan los telones de la vida.

En tales ocasiones, el español, que es un espontáneo orador, se complica de novelista, y su elocuencia corre parejas con su inventiva. Pone, además, una lógica sutil que de inferencia en inferencia, lo lleva a las más imprevistas conclusiones.

Mas en todos estos castillos en el aire pone un aliento, una fuerza de corazón verdaderamente conmovedores. El español gusta de juzgarse con una acritud exagerada y molesta. Hincha sus defectos, niega sus virtudes, y ve en los extraños una superioridad que no existe tal vez.

Pero esta actitud antiegoísta, este criterio falseado por excesivo, este «voto en contra», esta inclinación a mortificarse y herirse el amor propio, me parece que no son más que manifestaciones de un deseo nobilísimo de buscar precisamente en el excitante del golpe y el castigo, la reacción favorable y benéfica de una voluntad nacional, que, medio amodorrada y perezosa, debe recobrar, porque ha llegado el instante, su actividad y su energía. Algo del «flagelante» hay en este brusco procedimiento.

El español siente acaso que han ido aflojándose en el espíritu de la raza los resortes del brío que en otro tiempo la empujaron en todas direcciones a difundirse en las más vastas y gallardas empresas. Una secular indiferencia, aun prolongando el orgullo, ha debilitado el aliento, ha enmohecido la acometividad. Siente también el español la necesidad biológica de renovarse, y para ello comprende que es preciso sacudir las rutinas, echar a andar las perezas y robustecerse en la metódica gimnasia de la voluntad. Urge a España colocarse cuanto antes en la línea de marcha.

Sabe que el tiempo es premioso y rígido, y no puede ni quiere aguardar a nadie. Pasa y deja atrás a quien no se dispuso, de antemano, para seguir con él la ruta.

Y no sólo los pensadores, los hombres nuevos, los intelectuales del «último barco», se preocupan en anunciar y tratar de resolver este apremiante problema; las clases, las agrupaciones, los individuos de la masa anónima, presienten un malestar que les engendra anhelos imprecisos de transformación.

De ahí esa desdeñosa amplificación de los defectos, ese desprecio escéptico, ese acre reproche, esa manía de autovituperio que está en cualquier parte: en la calle, en el café, en el teatro, en la copla de actualidad, en el artículo de periódico. Es el golpe rítmico dado en el pecho del semiahogado para producirle nuevamente la respiración.

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