Yo observo, busco, me intereso en todos los incidentes y accidentes de la vida española. Una semana después de haberse iniciado la huelga de ferroviarios, la Prensa anunciaba con grandes «cabezas», en las primeras planas de sus diarios, la terminación del conflicto y el restablecimiento de la normalidad.
Cesaron las hablillas, los cuentos y las noticias espeluznantes; pero todavía permaneció en estado de guerra la ciudad durante otra semana, y hasta el momento en que escribo esta impresión, el Madrid político sigue con la mordaza puesta; las Cortes continúan cerradas, y la censura vigila, línea a línea, los periódicos.
No es extraño ver aún pedazos de columnas, y hasta columnas enteras, en blanco, en El Liberal, en El Imparcial, en La Epoca, en La Correspondencia. Hace pocos números se suprimió en El Imparcial un artículo completo de Mariano de Cávia, y en el semanario España fué mutilado el editorial de Luis de Araquistain, el cual artículo era un serio comentario sobre la huelga, y tenía una índole decididamente pacífica. Es quizá que el Gobierno temió la voz demasiado sonora y demasiado impetuosa de los imaginativos, de los romanceros del suceso.
Estos noveladores habían propagado una noticia trascendental, y es a saber: que la huelga no obedecía a móviles nacionales y económicos puramente, sino que los obreros habían recibido de Alemania dinero para trastornar, con su paro, los negocios de España. La cuestión tenía, según ellos, doble fondo, y este doble fondo era la guerra europea.
Para la gente sensata, la tal noticia no pasó de ser una patraña. El mismo presidente del Consejo la ridiculizó en unas declaraciones. La Prensa, sin embargo, no ha podido dar opiniones amplias acerca de los acontecimientos, y se ha contentado, por la fuerza de las circunstancias, con hacer frías observaciones llenas de un optimismo que, por tímido, parece poco sincero.
Sólo Araquistain, escritor socialista de mucho empuje y firmeza, se atrevió a asegurar que el error de acallar la voz pública, la prohibición de no dejar a los obreros defenderse por medio de la publicidad, diéronle gravedad a la huelga, que tenía una actitud conciliatoria.
Ello es que, aceptado en principio un arbitraje para dirimir las dificultades entre el capital y el trabajo, y pedido al Instituto de Reformas Sociales un laudo en esta controversia, la huelga, deshecha, tomó el buen camino de las conciliaciones. Tirios y troyanos están de acuerdo en que, en este conflicto, el conde de Romanones se ha manejado con inteligente perspicacia y afortunada habilidad política.
Y no obstante...
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No obstante, la censura ha continuado, y las Cortes permanecen con las puertas cerradas. Lo gracioso del caso es que, olvidada la huelga, ahora la censura se ejerce sobre las noticias de la guerra europea.