Y esto da lugar a que los fantaseadores suelten las palomas mensajeras de la «noticia secreta y trascendental». Se dice que está siendo a España muy penoso sostener la neutralidad; que hay exigencias de parte de los beligerantes; que Portugal quiere pasar tropas por territorio español; que...
El hilo de la hipótesis va trazando los más increíbles e intrincados dibujos, en los cuales se enreda el buen sentido, así como una mosca en una telaraña. Pero bueno es acordarse de la sentencia del filósofo: «hay en toda mentira un alma verdad».
Y, efectivamente, por debajo de esta franca alegría madrileña, de esta despreocupada vida, de esta encantadora y aparente frivolidad, se diría que hay un molesto movimiento de inquietud que no parece exclusivo de la «ciudad alegre y confiada», sino que se extiende por España entera y, en algunas partes, se señala con un latido más enérgico.
¿De dónde proviene esta indudable desazón? ¿Es la vecindad con el incendio de la guerra, y así, proviene del ambiente exterior, o es una palpitación de la entraña popular, e indica entonces una dolencia interna? ¿O se junta una causa a la otra y ambas producen este sintomático estado, perceptible a pesar del aspecto regocijado de la vida?
Cierto es que no hay ningún pueblo de la tierra que no resienta en esta hora aflictiva del mundo, un doloroso asombro, un trastorno psíquico en el que se entremezclan el temor y la esperanza. El ángel negro recorre la cristalina esfera que, como dijo el romántico, «gira bañada de luz».
Y en España, donde todo, de lejos, parece arcaico, desmoronado y monumental, como sus catedrales y sus claustros, hay una cosa viva, siempre nueva, firme siempre y que ha conservado entre los escombros de la gloria y los empolvados códices de sus gestas lejanas: la virtud de los laureles soñados, que son inmarcesibles, y la gracia inmortal del día, que es siempre niño cuando se asoma por Oriente. En España todo puede estar viejo, menos el pueblo.
El español se equivoca cuando se juzga a sí mismo, y se cree pervertido, degenerado o enfermo.
Nada de eso tiene. El es como un surco abierto que espera la mano del sembrador. No hay más que acercársele para sentir su vigor y su juventud.
Ha conservado, a través de la historia, sus virtudes esenciales: su amor al trabajo y a la libertad. El pueblo de España no ha vivido todavía la plenitud de su existencia. Posee reservas virginales, y aguarda el instante señalado por el destino para su futuro resurgimiento.
Clases superiores, instituciones, costumbres, pueden presentar, algunas veces, un aire de desfallecimiento mortal, una faz hipocrática. Mas abajo, muy abajo, sobre el terruño removido, junto a la máquina aceitada, dentro de las zumbadoras colmenas de los talleres y de las fábricas, está el verdadero pueblo sano, robusto, voluntarioso, que quiere ir de prisa y que irá adonde lo empujen su ambición y lo llama su ideal.