La familia de Felipe Trigo se había refugiado allí de la indiscreta e inoportuna compañía de los extraños. Me sentí mortificado. Y acercándome a Villaespesa, le dije al oído:
—Me voy.
—No, aguarda un poco. Van a sacar el cadáver. Quiero acompañar a mi amigo hasta ese instante.
—¿Pues dónde está?
—Allí.
Y Villaespesa me señaló una puerta cerrada, en el mismo primer piso donde estábamos. El gabinete de trabajo de Trigo. Allí estaba solo, el desventurado, sin blandones y sin plegarias, en el mismo lugar, en el mismo sillón donde se había quitado la existencia.
A esa puerta llegaban—yo las vi bajar hechas un océano de lágrimas—las hijas del escritor, una hermosa y rubia criatura y una robusta y linda niña. Los hermanos las acompañaban.—¡Yo quiero verlo!—rogaban ellas—. Y, convenciéndolas, obligándolas, las alejaban de aquel lugar pavoroso. La puerta cerrada era una barrera infranqueable.
Estos suplicios me hacian daño, y, para no asistir a ellos, me aconsejó mi egoísmo que saliese al jardín. Salí con otro literato que sentía y pensaba lo que yo. Una vez en el jardín los dos, él empezó a contarme la vida del célebre novelista:
—Este final no es imprevisto. Ya nos lo esperábamos. Felipe estaba enfermo, muy enfermo. Una profunda neurastenia lo agotaba. No podía escribir ya como antes. Veinte noches hacía que no probaba el sueño. El era médico, y sus síntomas le inquietaban. Presentía un próximo desastre mental. En su familia hubo alienados. El tenía miedo de la fatalidad hereditaria. Indudablemente que Felipe tenía un extraordinario talento, una imaginación resplandeciente, una agudísima percepción. Sus facultades de novelista fueron muy grandes. Su lenguaje carecía de pureza y de estilo. Con frecuencia se alejaba del buen gusto. Pero, en cambio, sabía ver muy bien, y reproducía con exactitud los ambientes y los personajes de segundo término. Los de primer término, no, porque, en general, sus mujeres, sus heroínas, son irreales, están hechas con materiales imaginativos y concebidas por la exaltación erótica, por el sueño sensual que atosigó de continuo la vida de Trigo. Y sus hombres, sus protagonistas, son él mismo, el autor con sus anhelos de aventura dannunziana. Porque Felipe no sólo escribía, sino que quería vivir sus novelas. Las vivía. Vistiendo la realidad, que solía ser inferior y grosera, con los atavíos de un fantástico refinamiento, el poeta—porque era un poeta, un soñador incansable—se forjaba la ilusión de las conquistas suntuosas, de los amores raros, de las citas misteriosas, de las altas comedias del placer y de la elegancia. Trigo era un fantaseador admirable e ingenuo. Era también un teorizante lleno de novedad. Temperamento exaltado, corazón generoso, gran cerebro; este literato fué, a pesar del mundo calenturiento que llevaba en el espíritu, un bondadoso jefe de familia, un excelente amigo y un cumplido caballero. Y no sufrió únicamente imaginarias tormentas, sino que, asímismo, las sufrió verdaderas.
En Filipinas, lo acuchillaron los tagalos hasta abandonarlo por muerto en el campo de combate. ¿No le notó usted la cara atravesada por cuatro o cinco grandes cicatrices? Anduvo con su inquietud por todas partes. No se conformó con ser médico de provincia. Fué ambicioso de gloria, voluntad activa. Tarde reveló su vocación artística: al filo de los cuarenta años. El realismo de sus novelas no es siempre agradable. Disgusta la insistencia de su manía erótica. Eso, quizá, depende de la edad en que comenzó a escribir. En sus libros destapó la caja de sus deseos irrealizados. Pero hay obras suyas muy fuertes: Jarrapellejos, El médico rural...