Yo tenía vivos deseos de presentarme cuanto antes a Gómez Carrillo, para saludarle y acompañarlo en aquel momento que yo creía penoso; acababan de denunciar una de sus crónicas de El Liberal; lo acusaban de ofensa a Alemania. Más tarde supe que aquello tenía resonancia, pero no importancia.
A pocos pasos nos encontramos, en efecto, al famoso cronista, que venía acompañado de otro poeta, con el cual he fraternizado cordialmente: Manuel Machado. Entramos los cuatro en un café vecino, y nos pusimos a charlar. A las dos de la mañana nos despedimos, con la promesa de reanudar la conversación al anochecer siguiente.
Hacia la una de la tarde vino Villaespesa a mi casa, me saludó, le noté vivamente agitado.
—Chico—me dijo con voz rápida y turbada—, vengo deshecho.
—¿Pues qué te sucede?
—¡Figúrate! Que se ha suicidado Felipe Trigo. Dos balazos en la cabeza; una hora de agonía terrible. En estos momentos ya debe de haber muerto.
Y se sentó frente a mí, y se llevó una mano a los ojos. La verdad es que, aun sin haber tratado a Trigo, sin sentir admiración, ni siquiera inclinación por su literatura, sentí pena. El novelista se hallaba en la edad madura, próximo a la vejez, en el período de la energía mental, de la experiencia atesorada, de la producción sólida. Villaespesa me pidió que le acompañase a ver a la familia; accedí de buen grado; comimos juntos, le escuché al poeta la relación conmovedora de su íntima amistad con el autor de «La Bruta«, y a las cinco de la tarde tomamos, en la Puerta del Sol, el tranvía que había de conducirnos a la Ciudad Lineal. Por el camino fueron subiendo al carro otros amigos que iban con igual propósito que el nuestro.
Las afueras de Madrid son de una aridez implacable. Mucho polvo, mucho sol, mucha tierra sedienta y cubierta por el roto tapiz de la hierba amarilla y reseca. Aquí y allá, por entre las motas verdes de algunos pequeños plantíos, indicios de que por allí hace el agua milagros. Casas diseminadas. Ventas. Y un cielo magnífico, de azul deslumbrante, encorvándose por el horizonte. El camino es largo, y es, además, el del cementerio, porque veo cómo, de trecho en trecho, nos vamos encontrando con carrozas fúnebres y filas de coches que las siguen. Yo pienso que esta es, decididamente, una tarde predestinada para la tristeza. Después de una hora de viaje en tranvía, nos encontramos en la Ciudad Lineal. Es ella un pueblecito melancólico, de una calle sola y extensa, en la que, por ambos lados, se levantan hoteles más o menos graciosos y elegantes. Los hay también feos y pobres. En medio de la ancha vía se alza una doble fila de árboles. El paraje es simpático, no alegre. Nosotros lo sentimos a propósito para nuestra desazón. Reflejamos en él nuestro estado de alma. Hemos pasado ya por frente a dos o tres hoteles silenciosos. Yo, sin preguntar, respetando el silencio de mis compañeros, me digo, al caminar:—Aquí.—No; aquí. Y no atino con la casa, del suicida. Está lejos; está más allá de diez o doce hotelitos que dejan presumir una comodidad burguesa. De repente, nos detenemos en una reja entreabierta. Allí sí es. Dos policías o dos soldados—no sabría decirlo—están en pie recogiendo las tarjetas, de los que llegan, e indícanles que la familia pide excusas por no poder recibirlos. Entramos. Un jardín y, en el fondo, un chalet muy blanco, de enjabelgado que reluce al sol, y por cuyos muros trepan los caprichosos ramajes, de verde clarísimo, de las enredaderas. ¿Qué dijo Villaespesa a los hombres uniformados? No sé. El resultado fué que, a cuatro o cinco, nos dejaron libre la entrada. Subimos al chalet. Nadie salió a recibirnos. Amortiguando los pasos, de puntillas casi, penetramos, primero, en un pasillo estrecho, y, en seguida, en un saloncito, que estaba obscuro porque habían cerrado sus puertas y ventanas. La violencia del contraste entre la claridad de afuera y las sombras del interior, me hirió vivamente los ojos. Llegué deslumbrado, y muy poco a poco, fuí distinguiendo, fantasmales, a unas cuantas personas que hablaban en voz baja. Comencé a respirar y a sentir el ambiente de lo siniestro. Dejé que mis compañeros se dirigieran a sus amigos y conocidos, y, como siempre, busqué mi rincón de observador. Sonó en la pieza contigua la campanilla del teléfono, y un acento, en el que había temblor de sollozos, empezó a hablar para transmitir, por el aparato, los detalles de la noticia. Se comunicaba, probablemente, con la redacción de un periódico y dictaba, con largas y desgarradoras pausas, la carta de despedida de Felipe Trigo, breve, dolorosa, amorosa, en la que daba el último adiós a sus hijos, a su mujer, y en la que repetía, con ternura insistente, la palabra perdón. En el pesado silencio de aquella casa, este mensaje de la muerte, transmitido por una voz lacrimosa, lastimaba como si fuese un golpe en el corazón. La voz se calló, por fin, y después de un minuto salió de la pieza donde había sonado, un jovencillo pálido, nervioso, con la mirada distraída y la expresión del ensimismamiento que nos deja un grande e imprevisto suceso. Saludó, forzadamente, a los visitantes, y salió. Otro joven militar, a quien yo no había visto, lo siguió llamándolo:—¡Hermano! ¡Hermano!
Todos los circunstantes mirábamos, en muda contemplación, estas simples escenas, que impresionaban, no obstante, con el horror de la tragedia.
Y mientras nosotros permanecíamos mudos abajo, arriba, en las habitaciones altas, se quejaban, gritaban, lloraban. Llantos y plañidos de mujer que intermitentemente se apagaban, alzábanse por largos intervalos. Eran súplicas, imprecaciones, oraciones, desesperaciones. Un vocativo, repetido sin cesar, me hurgaba el alma y la memoria, como gancho que me revolviese penas y recuerdos: «¡Papá!».