Pueblos firmes por dentro y por fuera, pueblos que persisten en peculiarizarse y no olvidan ni desdeñan sus antiguallas, por seguir formas de placer inadaptables al espíritu de la raza, tienen una larga vida nacional. El misoneísmo colectivo, que, en ocasiones, perjudica y retrasa, en ocasiones también sirve y robustece, porque cultiva en la existencia popular el amor a la tradición y unifica en un sentido común el espíritu de las generaciones.

Bueno es acabar con la inveterada rutina; pero malo destruir las viejas tradicionales costumbres. Es un error derribar a golpe de piqueta un edificio, un monumento, representativos para el arte y para la historia, y construir, en su lugar, o un monumento o un edificio nuevos.

Y, sin ser monumentales, son tradicionales y representativas estas verbenas de Madrid, tan pintorescas, tan interesantes y típicas, desde la de San Antón, hasta la de la Virgen de la Paloma.

MENDIGOS Y GUITARRAS.

A LAS seis de la tarde, el sol madrileño ha empezado a perder su brío. Después de quemar, durante siete horas, la ciudad, y de fundirla en sus cálidos oros, se complace en acariciarla con suaves y matizados fulgores y le pide al viento su ayuda, el cual de buen grado la da, soplando tenuemente, y repartiendo así consoladora frescura.

Madrid, entonces, entra en una repentina animación que no abandona ya sino hasta la vuelta del nuevo día. Repentinamente se pueblan: de niños, el Prado; de coches, la Castellana; de transeuntes, la Puerta del Sol y la Carrera de San Jerónimo; de parroquianos, los cafés; las calles centrales, de mujeres hermosas, y los árboles de los viejos jardines, de pájaros y gorjeos. Los tritones y delfines de las fuentes monumentales sueltan sus delgados y corvos chorros de plata irisada; el carro de cantera blanca de la Cibeles se sonroja con las luces del Poniente, y, en la misma línea, al otro extremo, los dientes del Arma de Neptuno clavan y retienen una última llamarada vespertina.

Las ventanas y balcones de los edificios, las lanzas de las rejas, las columnatas y bordaduras de piedra de los palacios, los bronces de las estatuas, las farolas del alumbrado, todo relampaguea y resplandece. El Goya de la fachada del Museo de Pinturas parece sentado en un sillón de oro fulgido. A la vuelta, Velázquez, sobre su bajo pedestal, mira cómo relumbra en su mano la paleta obscura; San Isidro y Alfonso el Sabio, en la escalinata de la Biblioteca, perfilan, en la diafanidad del aire, el blanco mate de su granito; los negros leones del Congreso muestran la melena untada de amarillo solar. Aquí y allá, en las esquinas de los parques, los quioscos de refrescos son ascuas. En las frondas compactas del Retiro hay escardillos de esmeralda.

En esta hora, Madrid está hecho con cristales de color; cristal de roca, las fachadas; azogado cristal las fuentes y los estanques; cristal verde, los árboles; cristal de Baccarat, los mármoles...