Hasta las piedras ennegrecidas de las casas seculares que, como ancianas coquetas, no logran ocultar la edad; las calles de antaño, angostas, tristonas, con sus altos muros, sus vanos exiguos, sus balconcillos, por donde asoma, de cuando en cuando, el penacho florido de un tiesto; hasta el Madrid secular y semidestartalado, sonríe, y su sonrisa ingenua y amable nos parece la de una boca desdentada. Los inclinados techos de teja mezclan ocre a sus rojos polvorientos.
Y éstos, precisamente, son los momentos en que comienzan a salir y a recorrer la ciudad los mendigos, las gitanas, adivinadoras de la suerte, los ciegos de bordón y lazarillo, los músicos ambulantes, las cantadoras de coplas, los violines de prima gemebunda, las guitarras de rasgueo monótono, los acordeones de vocecilla aguda, el hampa española, pintoresca y pedigüeña, que va por esos mundos despertando la curiosidad, moviendo la compasión y recogiendo la calderilla en el consabido plato de estaño.
Para el viajero, para el que por primera vez pisa estas históricas tierras, el desfile de la Corte de los Milagros tiene un vivísimo interés y constituye un singular entretenimiento. Nada más pintoresco, ni más típico, ni más evocador.
En la banca de un paseo, en la silla de un café, en cualquier recodo, en cualquier ángulo, donde se quiera, no importa dónde, puede improvisarse un sitio de recreo y observación, que si la mano no es avara y el alma es piadosa, cuesta poco: algunas perras chicas repartidas entre la miseria ambulante.
La manera más común de pedir de estos pordioseros, es cantando algún airecillo en boga, tañendo algún instrumento de cuerda o soplando en alguna flauta de barro. Los hay que van solos, y los hay también que forman sociedad, y juntan y armonizan voces, instrumentos y ganancias.
Va usted caminando y distraído por esas calles de Dios; oye usted el silbido licuado de un pito que caricaturiza un tema vulgar de zarzuelilla o de opereta; se acerca usted, y en el entrepaño que separa dos puertas, ve, recargado, a un viejo. Es una hermosa figura: largo el cabello, muy larga la canosa barba, noble y afilada la nariz, ancha la frente, alto y enflaquecido el cuerpo, que viste pobre, mal cepillado traje de americana; las manos están afanosamente ocupadas bajo la boca, en tapar y destapar los agujeros del flautín de arcilla, de donde sale torpemente modulado, un tema popular. Los ojos están cerrados. Y usted oye, ve, imagina, recuerda, hace una novela eléctrica, siente un impulso tierno y saca del propio bolsillo la moneda, esperada ya por la vieja mano, que repentinamente cambió de ocupación. Usted se aleja pensando en Homero, en Edipo, en el rey Lear. Bien dijo el célebre ironista que la hermosura es una carta de recomendación que da la Naturaleza.
Pero cátate que, mientras usted toma tranquilamente su asiento en la acera del café, llegan y se enfilan frente a usted cuatro singulares personajes: dos mujeres de edad indefinible y dos hombres de catadura sospechosa: sucios, andrajosos, descascarados. Ellas llevan cubierta la cabeza con sendos pañuelos de hierbas; ellos la llevan cubierta, asimismo, con sombreros o gorras de formas inverosímiles; ellas cantan, ellos acompañan el canto, uno con un violín y otro con un guitarrón. Las caras hacen gesticulaciones que parecen arrugamientos de trapo viejo. Este es ciego, tuerto aquel, y al de más allá le manan, y no ámbar, los ojos pitarrosos. Vienen coplas de amor, desengaño y tristeza; coplas españolas, de melancolía árabe, en las cuales llora, sintetizada, una pasión, ausencia, ingratitud, traición, olvido. Viene la canción alusiva, picaresca, oportuna, en la que cada palabra adquiere un sentido penetrante, y es como un grano de sal, como una caja de gracia maliciosa. Y vienen el vals vienes y la jota aragonesa, desafinados, con la letra cambiada, con la frase torcida, con el acompañamiento de moscón de la guitarra y los crispantes chirridos del violín; mas coplas, canciones, vals y jota traen desenfado y se llevan céntimos.
Porque el platillo recorre las mesas, el salón, los rincones, las aceras, y de mano en mano de mozo en mozo, de transeunte en transeunte, pronto se le ve, si no henchido, visitado a lo menos, por los obscuros discos de las monedas de cobre.
No se ha marchado aún esta compañía lírica, cuando llegando esta otra, de mayor o menor personal, de mejor o peor afinación, de diverso instrumental, de distinto repertorio, de orfeón sólo o de exclusivo género sinfónico; tres muchachas: una que canta en pie; otra, que, sentada, abre y cierra el acordeón, y la más chiquilla, que recoge las limosnas; un baturro de negro y corto pantalón, encintada pantorrilla, hilacha de manta al hombro y varejón en mano; dos hembras greñudas y tomadas de orín como las armas de Don Quijote; una pálida niña, de ojos abiertos por el hambre y por la desvergüenza; una anciana, hecha una etcétera dentro de su manto raído; un mundo, en fin, el mundo de los desheredados, de los inútiles, de los mutilados; el mundo de la pereza y el vicio, de la incuria y del dolor; el fondo de la miseria, el sedimento de todo conglomerado social, que sube a la superficie en estas horas de alegría, y que burbujea y hace espuma, como si señalara venenosas fermentaciones. Hasta bien entrada la noche sigue pasando la procesión histórica, que plañe, grita, canta, implora, amolda una oración en un aire de tango, y habla de sus enfermedades y desdichas en tiempo de mazurka. Todo pintoresco, animado; todo sinceramente optimista; a tal punto, que en estos rápidos cuadros de género que han pintado tantos pintores españoles, la misericordia nos parece frívola, la que ya nos suena a cante-jondo, el dolor se nos figura falseado, y se nos antoja fingida la ceguera. Es que aquí la tristeza lleva cascabeles, y los mendigos cargan guitarra. Es que aquí la mendicidad tiene sus puntos y ribetes de juerga. Es que la despreocupación y la alegría de vivir están en la atmósfera.
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