¿Procesión histórica acabo de decir? Si, estas costumbres, esta mendicidad retozona, esta musiquería ambulante, esta hampa colorida, son antiguas, son seculares, están historiadas en los códices polvosos de los cantares de gesta, descritas en los libros de Don Juan Manuel, rimadas por Don Juan Ruiz, el fraile nocherniego del siglo XIV, contadas en la vida del Lazarillo de Tormes, y desgranadas en mil y tres fábulas, en las novelas de truhanes y pícaros. Estos mendigos de guitarra y violín, estas cantadoras de copla coreada y jaleada, estos flautistas de barba ermitañesca, son los mismos de hace ocho y siete y seis siglos, son una prolongación, un desprendimiento, un escurrimiento de las edades pretéritas, y constituyen una variante, una transformación de aquella andante juglería medioeval, que llevaba por todas partes, a los pueblos batalladores, una visión del ideal épico y una gota trovadoresca de ensueño y galantería.

No piden a secas, cantan, tocan, llaman a las puertas del alma popular con los mástiles de sus mugrientas guitarras; piden una moneda de cobre a cambio de canciones y rasgueos. Esparcen a los cuatro vientos polvo de regocijo y de ilusión, a trueque de un poco de calderilla desgastada. Y como en los tiempos del Mío Cid, se conforman con un vaso de vino, y ahora con un terrón de azúcar, cuando no reciben dinero.

Billeteros y pilluelos voceadores acompañan la sinfonía.

LA ULTIMA VISITA

Don José Echegaray

Madrid, septiembre 15 de 1916.

Los periódicos de ayer trajeron la noticia de la enfermedad de don José Echegaray. Unos, la daban alarmados; consolados, otros. Estos, decían: «Ya, por fortuna, ha pasado el peligro.» Aquéllos, temían que el caso fuese fatal, «dada la edad del ilustre paciente».

Por la noche, las conversaciones de los cafés tuvieron su tema de actualidad: la muerte de don José Echegaray. Lo que la Prensa temía por la mañana, sucedió al atardecer. A las siete y minutos, y tras una breve y plácida agonía, dejó de existir el célebre hombre de letras.