Hoy, todos los diarios de Madrid vienen cargados de homenajes a Echegaray: su retrato, sus rasgos biográficos, la lista de sus obras, el recuerdo de sus méritos, las anécdotas de su vida, las viejas fórmulas, en suma, de los honores póstumos.

Ni la noticia de ayer ni la de hoy me sorprendieron. La de ayer no, porque desde hace seis u ocho días, un amigo mío me había dicho en tono de secreta confianza:

—Don José Echegaray está malo; tiene fiebre todas las noches; los médicos temen una infección, muy peligrosa a los ochenta y cuatro años de don José; la familia no quiere que se sepa esto, para evitar la avalancha de las visitas y la marea de la curiosidad pública.

La noticia de hoy tampoco me ha sorprendido, porque casualmente oí hablar a un médico que, con otra persona, pasaba por la calle del Príncipe:

—Don José está agonizando en estos momentos.

Desde que escuché la frase púseme a hilvanar recuerdos, a remendar la tela podrida de la memoria. Sin sorpresa, pero con tristeza, he pensado en esta natural y suave desaparición de un espíritu tan vigoroso y entero, que animaba, con energía de juventud robusta, una materia ya gastada, un organismo endeble y decrépito. La llama de la vida interior hacía crujir el resquebrajado vaso de la lámpara.

Uno de los deseos que traje a España fué el de hacer una visita a Echegaray. Este hombre y este nombre, evocan en mí quién sabe cuántas visiones de lo pasado; reviven, imaginativamente, mis andanzas de cronista y crítico teatral, mis entusiasmos artísticos, mis frenéticas admiraciones de muchacho.

Diez y seis años hace que mi maestro don Justo Sierra, de vuelta en México de su viaje a Europa, me dijo:

—Don José Echegaray ha leído los artículos de usted. Cree que en Méjico lo comprenden muy bien, y gusta de que sus obras sean estrenadas aquí.

En efecto; poco tiempo después, María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza estrenaban, en una temporada brillante, Malas herencias y, en otra época, La escalinata de un trono. Después de la del Loco Dios, estas ofrendas llenaron de agradecimiento al público de mi país. Eran los tiempos en que se había hecho de moda desdeñar a Echegaray en España y aplaudirlo y glorificarlo en América.