Así, pues, nada de extraño tiene que buscase yo el modo de realizar mi deseo de visitar al anciano dramaturgo.
La suerte me deparó la ocasión. Francisco A. de Icaza, que tiene gran prestigio en los círculos literarios y sociales, me habló un día de su amistad con don José. Aproveché entonces la oportunidad para indicarle mi propósito.
—Quisiera yo hacerle una visita—le dije.
—Está muy aislado me contestó Icaza—. No se deja ver de nadie. Todas las tardes suele pasear un rato, en coche, por la Castellana. Le acompañan personas de su familia, y no vuelve a salir, sino por las mañanas, a sus habituales ocupaciones. Sin embargo, voy a ver si puedo conseguir que te conceda una entrevista.
Y el sábado de una de estas últimas semanas, el insigne y bondadoso amigo mío vino a prepararme:
—Mañana, domingo, iremos a visitar a don José. Nos espera a las cinco. Vendré por ti.
—Estaré listo. Te agradezco la eficacia. Y sonreí ante la promesa de una pequeña ilusión que iba a ser realizada.
* * *
Por el Madrid nuevo, a un lado de la Castellana, se prolonga, ancha, extensa, con su línea de arbolillos a la orilla de las aceras, la calle de Martínez Campos, una de las más hermosas de este flamante barrio recién urbanizado. Tapias limpias, fachadas de piedras labradas y cristales fulgentes.
Por allí caminábamos el poeta Icaza y yo, al descender del tranvía, en una luminosa y tibia tarde de agosto. Mi amigo reconoció, en una esquina, el hotel de los Mendoza-Guerrero.