—El de Echegaray está inmediato a éste—me dijo—, junto al de los artistas. Vamos por aquí, por la calle de Zurbano.

Y a pocos pasos nos detuvimos para sonar el timbre de una alta y cerrada puerta. A la criada que la entreabrió, le preguntamos:

—¿El señor Echegaray?

—No está en casa—nos respondió, mirando con esa fijeza agresiva con que se ve a los importunos.

Pero nosotros no hicimos caso, y como si no hubiésemos oído, sacamos de nuestras carteras sendas tarjetas y se las entregamos a la sirviente, agregando:

—Diga usted al señor que somos las personas a quienes dió cita para esta hora.

Ante esta actitud, la fámula, un poco turbada, tomó las tarjetas y subió por la escalinata del hotel. Bajo el vestíbulo quedamos esperando. Veíamos asomarse, a un lado, las plantas floridas de un jardín.

La moza volvió:

—Que pasen ustedes.

Y entramos en la casa del maestro. En la planta baja, en una vasta habitación, amurallada de libros, distinguimos los consabidos muebles de estrado; el grave sofá, como un ministro, en medio de los dos sillones acólitos. En el centro de la pieza, una elegante librería giratoria, sobre la cual, entre volúmenes y papeles, se alzaba encristalada una fotografía, de tamaño imperial, de María Guerrero. Una gran ventana, cuyos vidrios atravesaba la luz de la tarde, una luz discreta, teñida de verde, porque antes de llegar a la vidriera había tenido que filtrarse por el follaje de una trepadora. Allí esperamos unos minutos, al cabo de los cuales oímos el ruido suave de unos pasos, y, a poco, vimos aparecer la figurilla pequeña, encorvada y magra, de un viejecito. Mi propósito se había cumplido. Me encontraba yo frente al más portentoso creador y forjador de fábulas delirantes de la escena española.