Don José se sentó en uno de los sillones, de espaldas a la ventana, junto a mí, que en un extremo del sofá no cesaba de contemplarle.
Yo le conocía mucho por los retratos que tantas veces publicaron revistas y periódicos. Pero no; la cámara no alcanza a reproducir la expresión reveladora del espíritu, el ambiente psíquico que da animación y carácter a una fisonomía. A los lados del cráneo cónico, el ralo y apenas perceptible cerquillo de los cabellos blancos; muy amplia y de limpia y majestuosa curva, la frente, cruzada por un leve pentágrama de arrugas; bajo los lentes, apretados en el nacimiento de la nariz fina, los ojos infantiles, indagadores y risueños; de una extremidad de los lentes, cuelga la angosta cinta negra que desciende por la mejilla hasta enredarse alrededor del cuello; y, lo que tal vez da más carácter a la cabeza, el vellón de nieve de los bigotes espesos y la aguda perilla, que rodean una boca de labios delgados y entreabiertos. Inclinada hacia adelante y semienterrada en la estrecha caja de los hombros, aquella cabeza recuerda viejas ilustraciones de leyendas y libros de caballerías: un mago del Oriente, un hechicero medioeval... Bien le sentaría a este rostro, iluminado de misteriosa claridad, la caperuza de Merlín.
Don José está vestido con traje de casa; abriga su flacucho cuerpecito con un saco afelpado y gris. Y en tanto que empieza a hablar, a hurtadillas le miro las manos, muy viejas ya, más que la cara, de piel rugosa y seca y deformados dedos, pero que conservan un enérgico gesto de fuerza. ¡Oh, excelsas manos laboriosas, que estuvieron ochenta años trazando sobre el papel figuras geométricas, signos algebráicos, palabras de ciencia, voces de filosofía, líricos y sonoros vocablos!
La voz, la media voz de la conversación íntima, es insinuante y dulce. Quiere, por educación, agradar con entonaciones afectuosas. El gran hombre tiene miel en los labios y en el entendimiento. Dice cosas amables y buenas. Y lenta y naturalmente, va ampliando su ideas, hasta llevarlas desde las futilezas de la urbanidad hasta los horizontes de la cultura.
Habla—es de rigor—de la guerra. Se duele de que por ella la ciencia haya tenido que suspender sus investigaciones. ¡Es asombroso el adelanto científico contemporáneo! Día por día se notaba...
Y comienza don José a hacernos profundas y divertidas explicaciones de los nuevos descubrimientos. Cuanto le escuchamos con reverente atención, está lleno de sabiduría y de la amenidad: el cálculo para conocer la cantidad de átomos que cabe en un centímetro cúbico de aire; la descripción y la historia de los globos; el análisis y el funcionamiento de las máquinas aéreas; las conclusiones de la Física Matemática.
Cae, en el serio palique, traído por espontáneas asociaciones, el recuerdo de los estudios científicos de Alemania. El sabio español los encomia con entusiasmo. Tiene una gran curiosidad, una alta y noble curiosidad por conocer los medios de que se valió el submarino Deutschland para ir, bajo las aguas, de Bremen a Nueva York.
—¡Oh—exclama—, es una admirable hazaña científica!
En este período de la charla, Echegaray ha llegado, no sólo a la confianza, sino al contento. El hombre de ciencia encuéntrase a gusto pensando, ante nosotros, en voz alta.
Francisco A. de Icaza, a quien mucho estima don José, departe respetuosamente con el maestro. Yo guardo silencio y observo.