Y agotado el tema científico, en una pausa oportuna, dirijo esta pregunta al polígrafo:
—¿Y las Memorias, señor? ¿No ha terminado usted sus Memorias?
—No—me contesta—; las dejé pendientes, porque la revista donde la escribía, La España Moderna, cesó de publicarse, y no volví a ocuparme más en el asunto.
—¡Qué lástima! ¡Tan interesantes, tan pintorescas, tan evocadoras! ¡Tan deseosos que estábamos todos por que llegase usted a contarnos las Memorias de su teatro!
—Cabalmente iba yo a empezar esa parte. Llegué a los tiempos de Don Amadeo. Ahí se quedarán las tales Memorias.
Y por ese camino de las remembranzas y de las añoranzas, nos llevó el hilo caprichoso de la conversación a las impresiones de la niñez, a los más remotos recuerdos. Don José, entonces, en tono de confidencia familiar, accionando parsimoniosamente con la mano huesosa, y dejando vagar la mirada por el espacio, comenzó una narración tierna y sencilla, sin literatura, de una sugestiva sinceridad. Cuatro o cinco episodios de infancia, dos de los cuales fueron contados con velada y exquisita emotividad. Don José, muy niño, de tres o cuatro años, recuerda haber estado en pie cerca de su madre, pegado a ella y enfrente de un campo o de una casa, en alto, donde estaban pasando cosas que le daban miedo y le conmovían... ¿Qué era aquéllo? Mucho tiempo después, reflexionando sobre eso e interrogando a su madre, vino a caer en la cuenta: era el tablado de un teatro. Esa fué su primera impresión artística. Recuerda asímismo, en otra ocasión, un camino, un coche lleno de gente, en el que iban él y su madre.
Una detención brusca, gritos de angustia, caras de susto; su madre sacando dinero de la bolsa de mano y rezando con extrema aflicción. ¿Qué edad tendría entonces el chiquitín? Dos o tres años. Y aquel suceso, ¿qué era? Un asalto de bandidos.
Don José sonríe, y tiene su sonrisa pargoletta una ingenuidad candorosa.
—¡Es raro! ¡Es raro!—repite—. ¡Cómo pueden conservarse tan frescas y tan lejanas estas impresiones de una edad en que no despertamos aún a la vida!
Mi curiosidad espera la ocasión para orientar la plática hacia los asuntos literarios, y apenas llega, la aprovecho: