—Señor, ¿no tiene usted nada inédito de teatro?
—Nada. Como autor dramático, he terminado. Buen espacio hace que no escribo literatura. Artículos de vulgarización científica, sí. Usted debe de saberlo. Llevo cincuenta años de colaborador quincenal de El Diario de la Marina, de la Habana, y en esa publicación desarrollo, por lo general, temas de ciencia.
—Sí, señor, lo sé. Y sé que tiene usted en ese bello país muchos lectores y muchos admiradores. Y sé, además, que el teatro de usted no muere en América: vive tan apasionante como siempre...
Don José vuelve a sonreír; pero ahora ya es una sonrisa de inconfesada y profunda amargura. Algo doloroso, algo triste, pasa y nubla por un instante la lucidez del pensamiento. Mas pronto vuelven la apacible tranquilidad y la mansa expresión a aquel semblante de agorero. En el fondo, este carácter parece poseer, como fuerza suprema, una fría virilidad, que se sobrepone a los acontecimientos y domina los ímpetus de la fantasía y del temperamento. Don José, absolutamente sereno, se dirige a Icaza y lo interroga:
—¿Y la Academia? ¿Por qué no ha ido usted a la Academia?
Icaza explica su ausencia accidental del docto Cuerpo, legislador del idioma, y yo, mientras tanto, recorro, con rapidez relampagueante los campos del recuerdo.
* * *
Estoy frente a un ingenio de España. La España actual tiene dos viejos que la honran y la glorifican: Echegaray y Galdós. Ninguno de la presente generación más alto que ellos. Han rendido su fruto, es verdad; pero hay todavía mucho que aprender y que admirar en esa labor extensa. Este don José, dramaturgo, es un eslabón de oro que unió la moral calderoniana al desenfreno desmelenado del romanticismo. Y así prolongó, exaltándola y agitándola, el alma española. Fué un creador de soberanos delirios; un forjador de seres hiperestesiados. Sus concepciones, vastas y desproporcionadas, tienen una existencia monstruosa por sublime. Sus personajes son, frecuentemente, no hombres de carne y hueso, sino entes metafísicos, figuras alegóricas, ánimas emblemáticas, símbolos de virtudes y de vicios. El bien en los dramas de Echegaray, asciende hasta lo seráfico; el mal desciende hasta lo demoníaco; cuanto él imagina, toma aspecto grandioso. Pocas veces es humano; muchas, superhumano. Puede falsear la vida hasta lo absurdo, pero la falsea para amplificarla, para purificarla de menguadas bajezas, para hacerla más comprensiva y noble. En su teatro usa y abusa de lo patético, de lo torturante, de lo inverosímilmente doloroso, de lo horriblemente trágico; pero todo ello para dejar en nuestro espíritu la marca imborrable de un ideal, del ideal, del sólo ideal de perfección humana, conquistado y realizado por el sacrificio y el martirio. La fatalidad griega no triunfa en las febriles fantasías de Echegaray; es, al contrario, vencida, a pesar del sufrimiento y de la muerte.
Cuando el poeta abre las alas, ensaya vuelos aquilinos. Gusta de clavarse y hundirse en las nubes más remotas, más negras, más cargadas de rayos. Es formidable y arrebatado. Juega con el frenesí como un niño con un muñeco. Sabe apretar los corazones sin dañarlos, antes complaciéndoles en el sufrimiento. Mezcla el amor y el dolor; el mal y el bien; la vida y la muerte; las lágrimas y la sangre; la luz y la sombra, y, por contrastes, y antítesis, y violencias, logra expresar la belleza, haciéndonosla sentir inolvidablemente. Es, además, un lírico supremo. No pule la frase; no es un joyero: la esculpe; es un estatuario. Por todas partes siembra pensamientos; por aquí brilla una profunda sentencia; por allí cruza el ave matizada de una metáfora; clarea, en aquel parlamento, un símil raro; luce, de pronto, en esta cláusula, un apotegma filosófico. Siembra pensamiento; pero para que florezca, lo riega con linfas sentimentales. Es difícil hallar quien mejor sepa poner a flor de labio la ternura, la pasión enamorada, la súplica que ruega y acaricia, la palabra que confiesa el amor y suena a beso. Las mujeres de don José Echegaray, cuando son buenas, son angélicas; cuando son malas, su perversidad inspira más lástima que misericordia. Todo en ellas es conflicto amoroso. Algunas heroínas abren, de tiempo en tiempo, las alas, para que se vea que son querubes: Mariana, Teodora, Fuensanta, Adelina...