Y este atormentador, en el momento que lo desea, es un seductor, y, en el instante que le place, un burlador. Hace caricaturas, un poco grotescas, pero muy sugestivas, de la imbecilidad social: el clubman frívolo, el galán de salón, el vejete egoísta, el falso sabio.
Las facultades prodigiosas de este soñador se adaptan, con más amplitud, al teatro de época, el drama heroico y de reconstrucción. Es en él donde hizo maravillas. En el seno de la muerte, Haroldo, Un milagro en Egipto, La esposa del vengador, La muerte en los labios.
En la comedia actual y de costumbres, rompe, con la pujanza de su esfuerzo, la realidad; pero, con la influencia irresistible de su poder genial, nos obliga a seguirlo a través de sus inverosimilitudes, incoherencias y descoyuntamientos ilógicos. Perdemos, bruscamente sugeridos, el sentido de la existencia positiva, y nos dejamos arrebatar, como por la tormentosa corriente de un río, por las peripecias de la acción excepcional, de la situación centelleante, que, siendo rayanas en lo imposible, no dejan, sin embargo, de ser humanas.
El teatro de Echegaray es marcadamente romántico y genuino. Manifestación de una raza bravía, generosa, exaltada en el idealismo, enérgica en la acción, desbordante en el sentimiento, reproduce todos estos caracteres en un mundo imaginario, impulsivo y tremendo. Arte magno y conmovedor, que mueve multitudes y les arranca admiraciones. Arte desmesurado y radiante, en que, como en el de Miguel Angel, la Humanidad está representada y exteriorizada «en un sueño de energía salvaje y de grandeza».
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Contuve mis rápidas meditaciones como un auriga sus corceles. Iba demasiado de prisa. Volví a la humilde verdad. Allí, junto a mí, flaco y encorvado, un viejecito sonreía y charlaba. Era un genio. Dentro de él bullía aún, lleno de soles, un universo.
De pronto me acordé de una duda antigua, y, apenas pude hacerla, me dirigí a don José:
—Dígame usted, señor, aquel drama que estrenó en México María Guerrero y que se intitulaba El preferido y los cenicientos, ¿es de usted? ¿Será de algún imitador de usted? Perdóneme la indiscreción. ¡Tengo tanta curiosidad de enterarme de eso! Yo escribí una crítica afirmando que usted era el autor, y no el argentino de que me hablaba con insistencia Fernando Díaz de Mendoza...
—Sí, recuerdo—me contestó cariñosamente el anciano—. En efecto, es mía la obra: lo último que hice para el teatro; de ahí en adelante, nada; me despedí para siempre... Desde entonces sigo con interés y placer mis estudios sobre Física Matemática. Jamás falto a mi cátedra. He escrito ya diez volúmenes acerca de esta materia, y aún tengo proyectos para otros tantos.
Y con cierta ligereza, la que le permitían sus piernas, se levantó del sillón, fué a una de las piezas contiguas y volvió con un libro, que puso ante nuestros ojos. Soportábalo con una mano, y con la otra lo hojeaba. Nosotros veíamos pasar fórmulas de álgebra, figuras geométricas. Don José sabía muy bien que de nada le hubiese servido explicarnos su obra; comprendía que éramos profanos, y se contentó con la inocente satisfacción de enseñárnoslo. Después colocó el libro sobre el estante giratorio y se sentó. Había satisfecho nuestros deseos, había contestado a nuestras interrogaciones. Ahora le tocaba a él preguntar: