—¿Y América? ¿Y la situación de México? ¿Y Cuba?

Escuchaba con gran atención nuestras respuestas; seguía curiosamente nuestras explicaciones; insistía, aclaraba, opinaba; mostraba una extraordinaria penetración en sus juicios, una sólida ilustración. Estaba informado de la sociología y de la política de los pueblos hispanoamericanos. Al verle tan atento y tan enterado, pensé que este hombre de tan varios conocimientos, podía repetir la célebre sentencia: «Lo que interesa a la Humanidad, me interesa a mí.»

Habían pasado dos horas y no las habíamos sentido. Como quien despierta, tornamos a la noción del tiempo. La habitación comenzaba a ennegrecerse, y era cada vez más débil y mortecina la claridad de la ventana.

Nos dirigimos una mirada de inteligencia Icaza y yo; nos pusimos en pie. Con respetuosa efusión, como el creyente que toca una reliquia, tomé la mano que me tendía el portentoso viejecito, y recuerdo que le dije:

—No olvidaré que la buena suerte me otorgó el don, pocas veces conseguido, de estrechar la mano de un inmortal.

—No—aclaró don José—; de un mortal... muy próximo a la muerte.

Y salió a acompañarnos hasta el primer peldaño de la escalera. Todavía, al llegar al zaguán, volvimos la cabeza para saludarle. Y al verle por última vez, me pareció que aquel cuerpo encorvado y magro era de una engañosa debilidad y, como dijo el poeta, «tenía la fragilidad de las cosas aladas».

* * *

Septiembre 16.

A las tres de la tarde salgo a la calle. Madrid está de luto. Los balcones tienen cortinas negras. Las gentes van con rumbo a la Castellana. La curiosidad de la multitud—se siente—está complicada de pena y asombro. Las vías por donde ha de pasar el cortejo están henchidas de silencioso gentío. Apenas puedo llegar al paseo de Recoletos, y me detengo. Es imposible dar un paso más. La comitiva fúnebre viene: ministros, diputados, prelados, clérigos, académicos, uniformes, estandartes, insignias, soldados.