El desfile es interminable. Es toda la España legendariamente fastuosa y coruscante. Suena una marcha funeral. Se oye a lo lejos, de cuando en cuando, un cañonazo. Desde mi sitio alcanzo a ver, en varios edificios, la bandera amarilla y roja, a media asta, aliquebrada y mustia. Hay sol y llueve un poco.

Y yo, para mis adentros, mientras pasa el fastuoso ceremonial, a don José, al buen don José, al viejecito mago y genial que me recibió en la calle de Zurbano, le estoy diciendo las dulces palabras que le aprendí a uno de los personajes de sus comedias: «Duerme, niño de los cabellos blancos, que ya están haciéndote tu camita de tierra.»

VALLE-INCLÁN

BARCELONA y Madrid son las catedrales de la literatura española. En cada una de ellas reside la diócesis de la crítica. Allí se consagra a los elegidos. Es preciso pasar por ahí para recibir las órdenes menores y mayores de las letras. Pero Barcelona tiene su especialidad regional: el lemosín.

Madrid es la primera, la fundamental, la tradicional. El talento de provincia necesita, para ser conocido y estimado y para ampliar su esfera de acción, venir a Madrid. Porque en Madrid se equilatan y tasan las joyas del ingenio. Bien visto, un poeta provinciano apenas si para los distribuidores de gloria es algo más que un «ruiseñor americano». Necesita llegar y conquistar. Para unos, el camino es fácil, y la fortuna, mujer caprichosa, se muestra avasallada y rendida porque sí. Para otros, en cambio, es harto difícil y tortuoso el sendero, y esquiva y desdeñosa la suerte.

Mas la ventaja estriba en que se puede cambiar de ruta y orientación: el teatro, la lírica, la novela, la crítica, el periodismo. Hay, naturalmente, en todo eso, un aspecto mercantil y otro artístico. Un autor dramático, injustamente silbado, da media vuelta, marcha y encuentra sitio en la redacción de un diario. Claro que las facultades son diversas, y cada uno de esos intelectuales requiere especialización y preparación. No es posible abarcar en un puño un conjunto de condiciones, tan disímiles, a veces, que lo que, por ejemplo, sirve para un género, es para otro absolutamente inservible y hasta perjudicial.

Pero la necesidad ayuda a la acomodación, y se establece un eclecticismo típico que da a la vida literaria de la Villa y Corte variados y sugestivos aspectos. Es curioso contemplar aquí la lucha por la gloria, que se confunde y mezcla con frecuencia a la lucha por el pan, hasta constituir una sola lucha con identidad de valores en los propósitos: el pan es gloria; la gloria es pan.

No es sólo en Madrid esta inquietud batalladora que nos hace cambiar de rumbo y aplicar los esfuerzos a empleos para los cuales no habíamos educado nuestras aptitudes; pero aquí las dificultades de la existencia personal del literato, obligan marcadamente, más tal vez que en otros países, a la desespecialización, a la difusión.