—En una vieja posada. Será mejor que me dé la dirección de su casa; iré a buscarle.
—Bueno; calle de Don Francisco de Rodas, número 3; lo espero a las cinco de la tarde.
—No faltaré. Buenas noches, Ramón.
* * *
En un barrio madrileño, muy bien saneado y cómodo, en el segundo piso de una casa nueva, blanca, bien distribuída, vive ahora el insigne narrador del «Romance de Lobos». Una vivienda luciente de limpieza. Llamo; abre la puerta la muchacha criada, vestida con pulcritud, risueña y fresca. Entro en la discreta penumbra de un angosto pasillo; después, levanta la criada un cortinón de rameada y vieja seda verde, y me invita a pasar. Es un saloncillo sobriamente amueblado: una mesa y una larga cómoda, de madera fina y adosados al muro blanco, en dos de los lados del cuadrilátero: frente a la mesa, apoyado también en el muro paralelo, un pequeño y sencillo sofá, acompañado, como de dos acólitos, de dos sillones braciabiertos; dos o tres sillas más por diversos rumbos. Sobre la cubierta de la cómoda, en marco de metal, el retrato de un militar. Curioseo la dedicatoria: es don Jaime. A muy poca altura de la mesa, un cuadro apaisado de medianas dimensiones representa a Ramón del Valle-Inclán, de poco más de medio cuerpo, en postura sedente. La figura se destaca a un lado, en primer término, sobre una cortina descogida que deja ver, al recogerse, un fondo de paisaje soñado, como los de los retratos italianos del Renacimiento. Hay un bien logrado intento de psicología en este retrato. El ambiente de la obra tiene no sé qué de arcaico que parece emanar de la figura misma, barbuda, seria, serenamente grave.
Todo este interior está iluminado por la claridad albidorada de la tarde que entra, sin obstáculo alguno, por la ventana abierta, una ventana cuya amplitud ocupa el ancho de la pared. Sobre el sofá está colocado un hermoso óleo viejo, y a uno y otro lado de éste, otras pinturas y dibujos. Me siento a esperar. Respiro el tranquilo y silencioso ambiente de los «obreros de la palabra». Me acuerdo de que yo viví así no hace mucho tiempo. Pasan unos minutos; oigo el eco sonoro de unos pasos que se acercan; una mano, muy delicada, de largos dedos, levanta el cortinón de la puerta; es él.
Es don Ramón del Valle-Inclán, pero un don Ramón más afectuoso, de una amabilidad tierna, que presta a la voz un acento mórbido, tenoril, ligeramente impregnado de feminidad. Tras el saludo cariñoso, nos sentamos, yo, en mi sillón, y él, en el vecino extremo del sofá. Puedo observar, a toda luz y atentamente, a mi amigo. Su cabeza pequeña, de forma céltica, deja ver apenas, en el pelo corto, uno que otro hilo blanco; el cutis del rostro se conserva juvenil y terso; luciente está el obscuro castaño de la barba. Sobre la nariz, irregular, aperillada, un poco plebeya, cabalgan los anteojos descomunales, y este adminículo, que yo no le conocía, me desconcierta la imagen que conservaba en la memoria; pero, en cambio, vuelvo a sentir la influencia de la mirada y de la sonrisa, que son verdaderamente deliciosas.
Niños son los ojos, y niña la boca, y por ellos se exterioriza y derrama el candor ingénito y diamantino de las almas superiores. En la mirada y la sonrisa de Valle-Inclán se presiente la fuerza; pero se adivina la inocencia. Dicen que es maligno; no se le conoce; lo que se le conoce es lo apasionado, lo vivaz, lo nervioso. Dicen que es irónico; sí lo es, y bien se nota cómo el ingenio gusta de pasarse, con agilidad duendil, por los jardines del epigrama. Pero ser irónico no implica siempre ser malicioso. La ironía suele no ser más que una corola encendida del rosal de la gracia. Y la gracia es esencialmente amor y candor.
Valle-Inclán es, tal vez, un ironista caprichoso, que juega gimnásticamente con la sutileza y el donaire. Se le juzga de otro modo, quizá porque pertenece a la generación de los iconoclastas, de aquellos jóvenes del «noventa y ocho» que se propusieron renovar las letras, y que, para tal empresa, comenzaron por ejercitar sus rebeldías derribando sistemáticamente los ídolos, minando y destruyendo las celebridades de entonces. La tarea tenía más de atrevimiento que de justicia, pero nada de extraño y muy poco de censurable. Los que llegan a la lucha, empiezan por despreciar y desprestigiar a los que, ya cansados, conservan un puesto que hace falta a los nuevos. Caen unos, levántanse otros, que, a su vez, serán derribados más tarde, y luego, apagadas las pasiones, viene la crítica, y, sin miramientos, da a cada quien lo que en rigor le pertenece.
En un brevísimo instante pensé todo esto, mientras dábamos principio a una conversación deshilvanada, insubstancial, nutrida de incoherencias y preguntas vagas.