Aproveché un corto silencio para preguntarle lo que yo estaba deseando desde el principio de la entrevista:
—¿Y qué impresiones tiene usted, Ramón, de su viaje a Francia?
—¡Oh!—me responde inmediatamente, y como adivinando mis intenciones—, estoy seguro del triunfo.
Empieza a hablar, elevando un poco la entonación y haciendo intervenir, para subrayar la palabra, a la única mano, que gesticula sobria pero elocuentemente. Cuéntame, desde luego, su excursión al campo de batalla, a las trincheras. Yo conozco todo esto por descripciones literarias.
No olvido los fuertes artículos nutridos de verdad del Dr. Ferrara. Y, a pesar de eso, la narración de Valle-Inclán, que no me cuenta nada nuevo, pone con mucha viveza la realidad frente a mis ojos. Es que estoy escuchando a un conversador pintoresco, muy rico de dicción, fácil y habilísimo en el manejo de las corrientes mentales para llevarlas por el cauce lógico, sin retenerlas ni estancarlas en los remansos de la digresión. El literato está acostumbrado a seguir sin desviaciones el curso principal de los sucesos. No se detiene en incidentes ni episodios, sino cuando cree que contribuyen a reforzar y a realzar la acción fundamental. Conoce los recursos para encender el interés, y los aplica con precisión y seguridad. Se diría que, aun conversando, proyecta de antemano su discurso como quien traza el plan de una novela. Lo que me seduce en la charla de Valle-Inclán, es la naturalidad. El pensamiento espontáneo, la palabra simple: no hay torceduras ideológicas ni contursiones sintácticas.
Fluye el lenguaje claro y sonoro como agua de fuente montañesa. Mas, en esta misma sencillez, hay indudable elevación mental, sentimental y verbal. A ratos, la conversación toma aspecto áulico. Detrás del poeta comienza a perfilarse el profesor. Yo escucho con una atención escolar: Estoy divertidísimo. La vida de topo del soldado, su esfuerzo, su heroísmo, su alegría; los prodigiosos trabajos de defensa, los improvisados jardines, las tremendas máquinas de guerra, las calzadas polvorientas, los paisajes extraños, las descargas de fusilería, la imprevista visita de las granadas... Es como una película a colores la que estoy mirando.
Ramón iba acompañado de un camarada y varios oficiales, por un camino, cerca de las trincheras, cuando, de pronto, vió que instantáneamente se cubría de polvo amarillento la espalda del compañero, y, a la vez, él se sintió bruscamente empujado por un golpe de aire, y, a pocos pasos, hacia atrás, distinguió un gran agujero repentinamente abierto en la tierra, un furioso remolino de arena, y un formidable estallido; era una granada. Valle-Inclán creyó sentir en la suela de la bota el roce de un casco. Un minuto de estupefacción. Se declara el aire. Los visitantes y los oficiales habían salido ilesos. Y Valle-Inclán, para darme una lección de «cosas», se pone en pie, va a la pieza vecina, y vuelve con un pesado tubo vacío: el casco de la granada. Me quedo como párvulo en «Kindergarden». Aquellas proezas del novelista me hacen el efecto de uno de los cuentos fantásticos del «Cofre de Sándalo». El escritor está junto a mí, con su sonrisa, ingenuo, y su mirada pura, y la expresión serena de su flaca y barbada faz. Entonces recuerdo...
Recuerdo de Valle-Inclán, es un fantaseador extraordinario. Vive dentro de una gesta constante. ¿Abulta o deforma la verdad? ¿Es hiperbólico o decorador de la vida real? Yo pienso que, sencillamente, es un enamorado de lo maravilloso. Su exaltación imaginativa no es otra cosa que una resultante de sus generosas potencias espirituales, de su necesidad de establecer la acción hasta los límites del ensueño. En el fondo del hombre de letras se agitan los atávicos deseos del hombre de armas. Sabido es que este admirable fantaseador tiene empapada la memoria en filtros mágicos de aventuras y hazañas. Y se ve cómo, en efecto, el valor en él está a la altura del ingenio.
* * *
Mas lo que en Valle-Inclán seduce como narrador, interesa menos que lo que tiene de expositor. Reproduce con mucho calor y mucha variedad una acción, pero es indudablemente superior cuando desarrolla una teoría. Aquí su facundia, que se refrena, y su lenguaje que se afina y torna más lúcido y precioso, sírvenle de extraordinario modo para enlazar, en sólidas y bien trabadas concatenaciones lógicas, los aledaños aéreos de todo un sistema filosófico que, cual otra escala de Jacob, se tiende en lo infinito.