Después de media hora me levanto y, a impulsos de mi fantaseadora curiosidad, me decido a perderme en el laberinto y en el tentador silencio de la ciudad. Por las callejas, de áspero empedrado, que se entretejen confusamente, por los recodos y retorceduras, por las cuestas y descensos del suelo voy, entre la sombra, agujereada de cuando en cuando por los amarillentos farolillos, como si fuese por una ciudad vista en un sueño. Mis pasos tienen ecos que se reproducen en la distancia. Todas las casas están cerradas. Las paredes de las fachadas, altas, negras, medrosas. A la claridad parpadeante del alumbrado distingo, en un lienzo carcomido, en un muro de ladrillos rotos, a lo largo de las aceras, ya un arco románico, ya una puerta ojival, ya un ajimez calado, y una columna gótica, de capitel pesado, en la clave de un portalón descascarado, un borroso escudo, un bajo-relieve heráldico, una escena mística tallada en granito. Es más lo que adivino que lo que percibo, lo que infiero y sospecho que lo que miro. Sobre esta paz profunda cae el argento de las estrellas. Llego a una plazoleta; me siento en el pórtico de una iglesia, desde el cual puedo alcanzar una parte del panorama. Allá abajo se extiende la negrura plateada de la campiña, limitada por los collados que tapiza el espeso y obscuro follaje; ya no hay danza de luciérnagas en ella. Oigo el rumor del Tajo, invisible y adormilado. Vivo, por fin, una hora antigua, una hora pretérita, de poesía medioeval. Divago a mis anchas por entre recuerdos históricos y poemas y leyendas.

¿Qué se han hecho la vida presente, la agitación actual, la inquietud activa de este minuto angustioso del mundo? ¿Dónde están las noticias de la guerra europea, el estremecimiento de la lucha universal, la preocupación de los problemas modernos, el miedo visionario, la esperanza nerviosa que me sacuden incesantemente el espíritu? Todo se ha desvanecido en esta ciudad fantasma, en esta noche feudal, en este laberinto de calles morunas y palacios castellanos, en esta plazoleta, en cuya tierra gris se alarga ridículamente mi sombra, junto a este paisaje misterioso que la luna envuelve y deslíe.

Y, como en la oda de Fray Luis, me fingí que el río sacaba el pecho fuera, y empezaba a narrarme cuentos de hazañas, de encantamiento y de amor. Y el espectro de la intrépida Isabel, mujer de Fernando de Aragón, el astuto, cruza, paso a paso, rodeada de su séquito de damas y pajes, rumbo al claustro de San Juan de los Reyes. A distancia, recatado y severo, revestido con la armadura resplandeciente y sonante, sigue la comitiva, como presa de un penoso ensimismamiento, el prodigioso capitán don Gonzalo Fernández de Córdova, Condestable del reino de Nápoles, orgullo de la época, domador de la gloria. ¿Estará acaso enamorado el Gran Capitán? El Tajo, bajando la voz, interpreta, para mí, la crónica de don Hernando del Pulgar, y me aclara las alusiones obscenas de las Coplas de Mingo Revulgo.

* * *

¡Media noche! El sereno la grita; el reloj la canta. Después de rodeos y tanteos, como Dios me da a entender, vuelvo a mi hotel; entro en mi cuarto, abro el balcón, insaciado todavía de curiosidad e interés. El callejoncito, la cinta de tiniebla, conserva aún el resplandor de su lentejuela, de su farola agonizante. Pero ahora tiene una luz más, en la altura de un muro, frente a mi balcón, en una ventana abierta. De ella sale un sonido constante, rítmico y fino. Yo, atisbo el interior. Inclinada sobre una máquina de coser, una mujer trabaja. Desde donde estoy puedo ver un pedazo de la casa pobre: algunas sillas, el lecho, una cómoda, un cuadro. Sobre la mesa de la máquina, una lámpara. La cabeza inclinada de la mujer, no me permite ver el rostro. Mas un canturreo, a bocca chiusa, me hace pensar en la juventud, tal vez en la belleza, acaso en el amor y en la melancolía. Y, urgido por la existencia real, abandono los recuerdos de las gestas gloriosas, los desfiles suntuosos del Romancero, las arrogancias del Cid, la entrada del Rey Alfonso, y compongo con los últimos hilos de la fantasía—la Penélope eterna—un cuentecito becqueriano.

La vida provinciana me revela sus tristezas de ahora.

La muchacha y yo, frente a frente, sin conocernos, velamos. Toledo duerme profundamente en un silencio conmovedor.

II

SOL DE CASTILLA

DE codos en el carcomido antepecho, a la orilla del desfiladero, en cuyo fondo corre la pulida lámina del Tajo, gozo de la belleza y la frescura de la mañana. Bajo las brillazones del sol, los campos toledanos tienen una grave y serena alegría. Ancha la vega, silenciosa, cruzada y acotada por compactas arboledas, muestra una placidez majestuosa como de inmensa huerta conventual. Los olivares trepan por el collado frontero, en inmensas manchas verdinegras, por entre las cuales asoman su blancura reluciente las viejas casas de campo, que de lejos, por su pesada fábrica, por su apariencia claustral, causan la impresión de monasterios diseminados en el monte.