Quien ha vivido la existencia lugareña, monótona, uniforme, maliciosilla y cansona, con su amor platónico, su chisme del día, su rencor escondido, sus sanas y devotas costumbres, y su maledicencia susurrante, recordará todo eso si sale, como yo, a ver en Toledo, a las nueve de la noche, las tiendas de la calle del Comercio y los cafés de la plaza de Zocodover; la burguesa mediocridad provinciana en su simpático aspecto de sencilla tranquilidad.

Me voy deteniendo, para matar el tiempo, frente a los cristales de los aparadores: ropa, zapatos, quincalla... Las mismas mercancías de cualquier parte, dispuestas de igual manera, para idénticas necesidades. Mas de aparador en aparador voy sorprendiendo peculiaridades que me obligan a pensar en el carácter de la ciudad que visito. Los escaparates de las tiendas son también reveladores para quien sabe estudiarlos y comprenderlos. Suelen mostrar lo que esconden las casas y callan las bocas. Enseñan las tendencias de las gentes que pasan, sus gustos, sus modos de vivir, sus cualidades y defectos. Ver mucho los aparadores, verlos con atención y con intención, en una ciudad que no se conoce, es prepararse a comprender la sociedad y sus costumbres.

Y en estas viejas urbes que viven de su paso legendario, de su grandeza monumental y remota, de su celebridad fabulosa, de sus ruinas, el escaparate es, a veces, como un voceador de mercadería para el viajero; la leyenda, la grandeza, la fábula se abajan y entran en charlatanerías y falsificaciones de buhonero.

Sí tiene Toledo aparadores característicos en su mejor y más concurrida vía: dos, cinco, diez, dominan sobre el conjunto de la vulgaridad. Allí están, dentro de su paralelógramo de cristal, cada uno de ellos es una exposición deslumbrante; éste es un anaquel de santos; el otro, un puesto de cacharros azules; el de más allá, una armería. Esculturillas y estampas sagradas aquí; adelante, cantarillos y vasos de loza de Talavera de la Reina, y por todas partes hojas de acero refulgente, espadas, puñales, navajas, con inscripciones y diseños repujados, damasquinados puños, cofrecitos y joyeros de ataujía primorosa, pequeñas ánforas, sobre cuyas formas pavonadas se entretejen los hilos de oro en dibujos intrincados y sutiles...

Al contemplar estas chucherías encantadoras y estas blancas espadas y estos puñales de cubierta afiligranada, sentí el hechizo de la fantástica Toledo, goda, moruna, judaica; la Toledo de los romances viejos, de las crónicas misteriosas, de los orientales placeres, de las devotas austeridades, de los heroísmos asombrosos, de las tumultuosas tragedias, de las aventuras de retablo y encrucijada, de los amores de reja y desafío; de la Toledo de espada y de puñal, de ánfora y joyero, de vajilla de Talavera y de santas y policromas esculturas.

Aquí, en los escaparates, aunque rebajada y modernizada, la encuentro. Pero quiero verla en el ambiente, revivirla en el recuerdo, vivirla en la imaginación y la evocación.

* * *

Estoy sentado en el zócalo de piedra que rodea el centro de la plaza de Zocodover. El reloj, que brilla como un ojo bilioso, en lo alto del arco de la Sangre, acaba de sonar, con sus campanas de voces juveniles, las once de la noche. En la plaza, ya casi sola, se levanta uno que otro árbol escueto. Bajo las portaladas vetustas siguen abiertos y vivamente alumbrados los cafés. En lo alto, dominándolo todo, se recorta la masa rectangular del Alcázar. Sus torres puntiagudas pican la plata sideral.

Mi soledad comienza a estar llena de visiones: cuadros hechos con humo de colores se desenvuelven en la obscuridad de la memoria; tumulto de turbantes; vuelos de sedas; matices de alcatifas; el mercado arábigo; las zambras; los juegos de cañas y las lizas, y, llena de sombra y de relámpagos, la procesión de los autos de fe.

Aquí pasaron todas esas cosas. Y como soy un libresco empedernido, comienzo a sacar papeles de la estantería de los recuerdos, y a hojearlos y a buscar los pasajes que podrían intensificar en aquel instante mi emoción y hacerme más sensible y exaltada la realidad.