EN TOLEDO
UNA NOCHE TOLEDANA
POR el ventanillo del tren en marcha miro el obscurecimiento del paisaje. Poco a poco van saliendo, blancas y tímidas, las estrellas. De pronto, la locomotora se ha detenido. Una voz plañidera grita: ¡Algodor! ¡Un minuto!, luego seguimos caminando con rapidez. Yo sigo en mis silenciosas contemplaciones.
Una larga y lívida franja, deshilvanándose en el azul sombrío del horizonte, sirve de fondo a un caprichoso dibujo en tinta china; diríase una mancha negra que, caída en una orla de seda violeta, se expandiese en múltiples y raros perfiles. En la sombra amarillenta de la llanura castellana, por la cual ha comenzado a palpitar una que otra centellita de candil rústico; esta fantasmagoría que se desvanece en el término remoto, me recuerda lecturas hace tiempo olvidadas: versos de poema románticos; descripciones de novelas por entregas.
Lo que de niño me hicieron soñar los libros, he aquí que, en la madurez cansada de mi vida, me lo da la realidad para entretenerme como en aquellos días felices. La silueta negra sobre el friso semiapagado del crepúsculo, revuelve en mi cerebro lejanas memorias. Yo estuve allí muchas veces, muchas, mientras, a hurtadillas, en la banca de la escuela, o en algún rincón de mi casa, devoraban mis ojos los cuentos de milagrería que llenaron mi adolescencia de maravilla y pasmo.
Ya nada veo más que sombra abajo y astros arriba. Y cuando menos lo pienso, el tren se detiene por última vez. ¡Toledo! Los pasajeros se ponen de pie y se apresuran a bajar. Me enfundo en el gabán, tomo la maletilla, y ¡andando! Entro en la estación; busco el carro de un hotel; subo con otros tres o cuatro viajeros, en la incómoda diligencia, y me preparo a continuar en mi divertida y muda contemplación. No quiero darlo a conocer, pero la verdad es que me siento, no sólo curioso, sino emocionado. Se me remueven, hervorosamente, las añoranzas. Suena el látigo del cochero: los animales de tiro emprenden su ruidoso trote. El coche se bambolea y cruje. Ya vamos atravesando el puente de Alcántara; una torre maciza, de gris aperlado por el fulgor de la noche, nos abre, al fin del puente, su puerta obscura y blasonada. Pasamos. El camino, angosto, va, cuesta arriba, haciendo curvas amplias. Hacia un lado, el de afuera, el pretil de piedra del principio; por el otro lado, el interior, pedazos de muralla, altos paredones, gruesas mamposterías, por los que, de trecho en trecho, sale el disco blanco de una pantalla, en cuyo centro brilla la ampolla de oro de un anacrónico foco eléctrico. A pesar del ruido de la diligencia, se oye la voz del río que corre invisible, en el fondo de la escarpadura. Abajo, en el campo, veo cómo se extiende el caserío, todo sembrado de luces inmóviles. A lo lejos se distingue que, ascendiendo nuevamente el suelo, forma el suave declive de una colina moteada de follajes obscuros. Del cielo, pálido y limpio, cae profusamente la lluvia de plata de la luna. Pasamos junto a otra puerta morisca, fileteada de luz en la gigantesca herradura de su clave, y más arriba, en los dientes de sus almenas. El coche sube por la calzada de recio empedrado. Mis ojos, incansables y asombrados, beben misterio. La sombra y las ruinas, la noche y los muros, diseñan en claro-obscuro, una fantástica decoración. Vuelvo la cabeza para darme cuenta del trecho recorrido, y alcanzo a ver todavía los arcos del Puente de Alcántara, y bajo ellos la cinta rutilante del río, y en un extremo, la masa de contornos precisos de un castillo. Lo reconozco; me acuerdo de las viejas láminas que me lo enseñaron; es la secular atalaya de San Servando, asilo de los Monjes de Cluny, morada de los Templarios. Flanqueamos un jardín solitario, que es un alto miradero que domina el panorama argentado. Penetramos por callejuelas torcidas y negras, muy escasamente alumbradas. En ellas entra la diligencia con la exactitud de una alhaja en su estuche, de una espada en su vaina. Si sacáramos una mano tocaríamos las casas. En una plazuela poligonal, que parece el hueco que dejó un prisma enorme, está el hotel. Allí, casi a tientas, bajamos a pedir hospedaje. El interior, bien iluminado, contrasta con la plaza tenebrosa. Escojo mi habitación con vista a un callejoncito, que es como un estrecho listón de terciopelo negro, en el que fulgura una sola lentejuela: la claridad ocre de un farol pavoroso.
* * *
He salido a pasear sin rumbo. Fuí primero en busca de luz. Cuando seguí por cinco o seis callejas, la hallé. Hallé la luz en los lugares que son comunes a todo pueblo moderno: en los escaparates de las tiendas, en los salones de los cafés, en los paseos, en la irregular y vasta plaza de Zocodover, en la calle principal por donde todavía iban y venían las señoritas toledanas.