Y así vamos, de asombro en asombro, recorriendo los salones. En ellos, las figuras de mujer son las más frecuentes y atractivas. ¿Atractivas, por qué? No precisamente por su humanidad, por su vitalidad, por su espiritualidad, sino por sus trajes y sus actitudes, algunas de las cuales indican no sé qué forzada violencia, no sé qué rebuscado descoyuntamiento. Semejantes «poses» chocan, pero no carecen de sugestión. Hay en ellas cierta gracia artificial y morbosa. Pero no son seres producidos por la naturaleza; poseen una desdibujada vaguedad, una lejana expresión de vida, una indefinida rigidez de maniquí, que contrastan con el «verismo» indumentario. Indudablemente estas criaturas han sido sentidas por un enfermizo temperamento de sensualidad extravagante. Hay quien las ve inquietantes. Hay también quien las ve insignificantes.

Anglada presenta composiciones de aliento, tales como «El tango de la Corona», «Los enamorados de Jaca», «Valencia», que son cuadros robustos, muy fuertes de colorido y de marcada extrañeza de pensamiento y sentimiento. Presenta también el pintor tres soberbios desnudos, magníficas «academias» de admirable claro-obscuro.

Mas la impresión que persiste en nuestro recuerdo y que ha herido vigorosamente nuestra retina, es la de habernos recreado, no en la contemplación de pinturas, sino de esmaltes, de marfiles, de raras y brillantes cerámicas, de barnizados caolines, de satinadas traperías, de viejos tapices, encajes y flecos. No recordamos haber visto carne. No recordamos el alma de las figuras tan espléndidamente ataviadas. La producción de Anglada, en general, parece dar a la pintura, su carácter de auxiliar de arte meramente decorativa, y en éste o aquél trabajo, nos trae a la memoria el género inferior del «affiche».

Mas, en manera alguna se trata de un débil, sino de un pletórico y extraño talento, cuyos caprichos pueden, en ocasiones, llegar a la extravagancia, pero sin hacerle perder sus pujantes cualidades.

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Y si creo en los que dicen los «técnicos», no dejo de comprender, al mismo tiempo, que los profanos tienen razón. Todos esos modos de ver y de sentir la vida, todas esas insanias de metamorfosis y alteración de color y de forma, todas esas nuevas escuelas que nos obligan a la reeducación de los sentidos, a la preparación y al esfuerzo, alejan al Arte de su natural tendencia de expansión y propagación. El arte tiene que ser eminentemente popular. Tiene una gran misión social que cumplir, y cuanto más se aleje de ella y reduzca sus emociones a pequeños grupos de iniciados y sacerdotes, tanto más perderá de ideal y significación. Anglada es un insigne pintor que aquilatan y comprenden unos cuantos exquisitos.

Y pensando en la sublime simplicidad de Velázquez y en la estupenda fantasía de Rubens, salí del Palacio artístico del «Buen Retiro».

—¡Qué luz tienen los cuadros de Anglada!—acababa yo de oir decir a los admiradores del pintor catalán.

Y bajo aquella luz de tarde veraniega que se filtraba entre los ramajes y que diafanizaba las lejanías en un verde dorado y suave, me alejé diciendo para mí:

—¡Qué luz la de este cielo!