LA EXPOSICIÓN DE ANGLADA
EN los Jardines del «Buen Retiro», a un lado del bello e inacabado monumento de Alfonso XII, cuya corva columnata muerde en el extremo opuesto la orilla del lago plomizo, se alza una bonita construcción de estilo Renacimiento. A las cinco de la tarde, hora sofocante aún, voy subiendo por la escalinata de este palacio del Arte.
Me siento espoleado por una extraordinaria curiosidad. La exposición de las obras del pintor Anglada es el tema del día en las conversaciones de los círculos culturales y en las columnas de crítica de los periódicos de Madrid.
Llevo menos de un mes de vivir en esta deliciosa ciudad, «la ciudad alegre y confiada» de que nos habla Benavente en su última comedia, y cinco veces he visitado el famoso Museo del Prado, que es, entre todas las pinacotecas europeas, una de las que con mayor derecho aspira a los primeros lugares. La sala de los retratos, con sus Grecos, sus Sánchez Coello, sus Pantojas, sus Tiziano, sus Carreños, bastaría sólo ella para clavar años y años, vista y entendimiento en aquellos cuadros que parecen ventanas por donde se están asomando, siglos hace, reyes, caballeros, princesas, monjas, a quienes no miramos nada más nosotros, sino que nos miran ellos también, inmortalmente vivos, con el alma a flor de pupila, con el corazón latiendo bajo las sedas, los brocados y los terciopelos de los trajes. La sala de Goya retiene con el imperio de su mundo tragicómico, estupendo de realismo revolucionario, frenético de horror y empapado de sátira diabólica, donde reina en su inquietante desnudez la «Maja». La redonda sala de Velázquez es una catedral, de la que no quisiéramos salir nunca, embebidos en los milagros del genio. Y Rubens, el suntuoso, y Van Dick, el elegante, las doradas carnes de Tiziano, y los ambientes ascéticos de Zurbarán, y la gracia amable de Murillo, y todo el universo evocador encerrado en aquel maravilloso Museo, fuerzan en el espíritu a la contemplación incesante y lo sumergen en una onda de brillo total, donde sólo queda flotando la impresión conmovedora del color y la línea. Un día, quizá, me atreva yo a exteriorizar esa impresión en alguna próxima nota. Por ahora diré únicamente que mis cinco visitas al Prado despertaron mis viejas aficiones de impenitente y apasionado «dilettante».
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La Exposición Anglada se ve muy concurrida tarde por tarde; artistas, mujeres, poetas, escritores, se aglomeran dentro del reducido recinto. Más de treinta y dos son las obras presentadas por este pintor catalán, que hizo en Francia sus trabajos y su celebridad, y que no había querido aparecer en España antes, tal vez, de haber consolidado su fama y su personalidad. Los periódicos madrileños, al anunciar esta exhibición, dijeron que se trataba de una de las dos columnas de la moderna pintura española: una de ellas, Zuloaga; la otra, Anglada.
Después, la crítica periodística, sin escatimar el elogio hiperbólico, parece que vela con él cierta inconfesa reticencia; que se mueve, no obstante, por debajo de la malla deslumbradora del encomio. En cambio los técnicos, los conocedores del oficio, han manifestado una admiración que se acerca al éxtasis y que excluye toda censura. Anglada ha llegado al límite de lo posible. Pintando, nadie ha ido más allá.
¿Y el público? ¡Ah! el público ve y oye. Cuando ve, se desconcierta; cuando oye, se previene. Y es que lo que ve, no guarda relación con lo que oye. La mirada profana no descubre el decantado prodigio de la pintura de Anglada, y aun dispuesto, como se encuentra el público, a dejarse sugestionar por la palabra, no lo consigue. Es que para ver las actuales manifestaciones del arte plástico parece necesitar una preparación, una educación que en otro tiempo no era indispensable, y que hoy hace del culto estético una capilla estrecha, una torre de marfil en la que caben nada más unos cuantos iniciados en los esotéricos misterios.
Yo creo en lo que dicen los «técnicos». Hay, efectivamente, en los trabajos de Anglada una maestría insuperable para poner, combinar y armonizar el color y producir una brusca sensación de encanto por los atrevimientos y contrastes de los tonos. Cada cuadro es una sinfonía de raros acordes de matices, de ásperas disonancias, que causan, sin embargo, un delicioso placer visual y provocan la fascinación de lo original y exquisito. Los mantones bordados, los rasos joyantes, las telas transparentes, las flores aterciopeladas, salen de los lienzos, se nos muestran en un inverosímil naturalismo, nos producen el efecto de que estamos recorriendo un bazar de indumentaria magnífica, en el cual, el típico mantón español domina con sus notas polícromas, la variedad de los encajes y la seda. Y estos paños fastuosos que cuelgan de los muros, se destacan, brillan, caen en pliegues mates y en flecos desmayados, con un relieve imprevisto que nos engaña, al punto de darnos la ilusión de que no han sido pintados, sino de que están allí pegados y superpuestos en el lienzo. Nos acercamos, y delante de nuestros ojos están los grumos de pintura untados, como si la mano del artista hubiese ido, a capricho, exprimiendo sobre la tela los botecillos de la pintura. Mas el sortilegio persiste si volvemos a alejarnos un poco.
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