En mi tierra andaba por esas calles de Dios un loco, que sobre los miserables harapos que cubrían su pecho, colgaba cintajos, medallas viejas, nuevas, de latón, cuentas de vidrio, cuanto veía brillar en la basura de los muladares. Con esto y con una caña corriente, que era su bastón de mando, iba haciendo gestos arrogantes y caricaturescas posturas. Se creía condecorado por reyes, papas, emperadores. A este megalómano le llamaban el General «Lobo Guerrero».
Pues como él, he visto pasar a muchos impacientes de gloria. Hay muchos «Lobos Guerreros» de la literatura y del arte.
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Por acá suelen descolgarse muchachos que atravesaron el Atlántico para recibir la consagración de manos de los pontífices de la poesía castellana. Esos muchachos visitan todas las redacciones, se presentan a todos los artistas y periodistas en boga, y en cada esquina espetan poemillas modernistas, insustanciales y verbosos. La burla española, la genuina y picante burla de este pueblo zumbón y malicioso, ha clasificado a esos versificadores inocentes, ansiosos de renombre; los llama «ruiseñores americanos». Yo no me he atrevido a entrar en el gremio; no quiero pasar por un ruiseñor americano. En mí sería tanto más extravagante cuanto que no podría disculpar mi torpeza atribuyéndola a locuras de juventud. Ya peino canas.
Prefiero, como cualquier hijo de vecino, ir, venir, ver a mis anchas, sin miedo a la crítica, sin apercibimiento para la ironía, sin la obligada genuflexión, sin el elogio vulgar e insincero, sin necesidad, en fin, de que los literatos y yo perdamos naturalidad, ellos para producir la impresión y yo para recogerla.
Por eso me excusé de ser presentado con Iglesias. Por eso todas las tardes, a la caída del sol, detenía yo unos minutos mi paseo por las ramblas, frente a un café situado en la esquina de la Plaza de Cataluña, y a través del vidrio de un escaparate me ponía a mirar a un anciano, silencioso, triste, de mirada incierta y como desconfiada, de frente cargada de recuerdos, de gesto desconsolado y amargo. Siempre lo vi solo; callado siempre; el cuerpo, en el que se adivina el quebranto de la fatiga recargado en el terciopelo rojo de una butaca mural; el espíritu en quién sabe qué vuelo lejano de memorias. Vida interior, ensimismamiento, envuelven y velan a este hombre cansado y melancólico. Es un grande y piadoso poeta a quien todos hemos aplaudido y admirado. Su nombre traspasó las fronteras de la patria. Es dramaturgo, y algunas de sus obras se presentan en Italia, en Francia, en Alemania. Una, «Tierra Baja», musicada por un teutón, se canta. La tristeza lo rodea; la gloria lo sigue. A su alrededor se ha hecho un silencio resplandeciente.
Así es como, en Barcelona, miré a Guimerá, al famoso don Angel Guimerá, tarde por tarde.