—Es Iglesias—me contestó Araluce—: tiene mucho prestigio, ¿quiere usted ser presentado con él?

—Ahora, no—respondí—. Ya encontraremos otra oportunidad.

Y mientras estuve en Barcelona, la oportunidad no volvió a presentarse.

* * *

La verdad es que me he propuesto ver primero a los pueblos que a las gentes, a los grupos que a los individuos. Desde luego las ciudades en su aspecto total; en seguida, los ejemplares de humanidad selecta y representativa, en sus peculiaridades individuales. Además, experimento un raro placer en observar desde mi insignificancia; soy un anónimo; me llamo Don Nadie, y así no hay quien se fije en mí ni me haga caso, ni mucho menos se ponga en «actitud», como frente a los fotógrafos y periodistas. De este modo puedo ver más al natural, y sorprender cosas que quizá de otra manera se me ocultarían o pasarían inadvertidas para mí. Es cierto que no podré darme cuenta sino de lo exterior; pero es que en muchas ocasiones el secreto interior sale a la superficie y se revela, y en esos determinados momentos es un goce el ejercicio de la perspicacia.

Luego, he podido comprender que los literatos españoles saben poco de la vida cultural de la América latina. Hispano-América sirve mucho a los libreros; a los autores de libros los tiene sin cuidado. El editor conoce al dedillo el estado económico, intelectual y político de cualquiera de nuestros países novicontinentales; como que el asunto le interesa sobremanera y es la base de sus cálculos; lo que se vende en América es para el editor peninsular, tanto o más importante que lo que se vende en España misma.

El literato no piensa lo mismo, porque no tiene necesidad de ello. Se cree de una superioridad incontestable sobre los hombres de letras españolas en Ultramar. Se juzga quizá un conquistador mental, supuesto que su nombre y sus obras ejercen un dominio y son conocidas y muchas veces admiradas en Colombia, Venezuela, Chile, Perú, Argentina, Cuba, México...

El concepto es falso, a todas luces; mas pienso que ha de llegar el día en que vaya siendo rectificado. Se necesita un esfuerzo de intercambio que cruce los límites utópicos de la confraternidad idealista y entre en el terreno positivo del comercio bibliográfico. Entonces se anotarán los errores de esta indiferencia, ya que no desdén, por la cultura de América.

Y tal indiferencia no es obstinación, ni rencor, ni vanidad; encastillamiento, y, tal vez, un resto de orgullo metropolitano. Tan es así, que Rubén Darío, por ejemplo, dejó huellas hondas en la vida literaria de aquí, se le considera un maestro, un reformador, una gloria del arte, y se le cita y se habla de él con respeto y admiración. Santos Chocano alcanzó pronto celebridad y fama; Amado Nervo recibió un homenaje inolvidable. Pero no es eso; es el conjunto de una civilización, es el aspecto general de los fenómenos literarios los que darían a los españoles una noción clara de lo que son actualmente las letras de Hispano-América. Habría algo que decir y que decidir acerca de eso.

Sobre los motivos indicados existe otro muy personal que me detiene en la línea obscura de mi honesta insignificancia. El bombo, el platillo y todos los instrumentos de ruido y compás, me han parecido siempre ridículos. La notoriedad hecha en párrafos de gacetilla es como una condecoración de oropel; quien se la pone, queriendo engañar a los demás, se engaña a sí mismo.