—Un minuto de pescado... Tres de carne... Cuatro de legumbre... Medio de dulce. Otro medio de fruta y, sin discrepancia, seis segundos de café. Un instante para limpiarse los labios con la servilleta, otro para mojarse los dedos en agua rosada puesta en tazón de cristal, y en un abrir y cerrar de ojos, el mozo levantaba el campo. Total: once minutos y dos segundos, contados con exactitud matemática, para cumplir con una de las indispensables necesidades impuestas por la Naturaleza a todo viviente.
* * *
Este modo de comer de mi amigo me viene a la memoria al anotar mis impresiones de Nueva York. Yo también me nutrí, es decir, quise nutrirme, en esta monstruosa yanquipolis, como el literato extravagante:
—Dos días de Nueva York, que es lo mismo que: una hora de Nueva York, y hasta que: un minuto de Nueva York. Eso he creído estar: cuarenta y ocho horas, que son un minuto, quizá menos, para ver una de las más prodigiosas ciudades de la civilización moderna.
He contado ya cómo llegué en un domingo nebuloso, y la extrañeza que me produjo el enorme silencio de Wall Street, en mi nocturna y tímida excursión.
El contraste del siguiente día fué perturbador. Asistí, con infantil curiosidad, al despertar de la urbe americana. Vi, primero, en los muelles, los grandes carromatos tirados por caballos gigantescos y pesados: diez, cien, mil, que rodaban, crujiendo, por la calzada de adoquines de piedra. Por el embanquetado frontero, pululaban faquines, obreros, marineros, en traje azul, o desarrapados; obscuros unos, de negrura de ébano; otros de un rubio, sucio, como pelambre de animal. No iban de prisa, y se diría que vagaban al acaso, como si no tuvieran ocupación. Por entre ellos se deslizaban tipos de cinematógrafo, seres de vicio y de miseria, de rostro abotagado, bombín cubierto de polvo, flux mugriento, zapatos de largas caminatas, de correrías nocturnas. Todas estas gentes entraban y salían de los «bar», cuyas puertas los vomitaban a montones, en incesante movimiento. Por entre ellos me deslicé hasta el ángulo desde donde se abría la amplia calle de los negocios. Otro espectáculo absolutamente diverso: una esquina, una línea, un punto, separan imperceptiblemente dos mundos que se rechazan, que se odian: el vicio y el trabajo, la inteligencia y la riqueza, la incuria y la pulcritud, la pereza y el aceleramiento. Hay que figurarse un hormiguero con locura ambulatoria. Aquí todas las personas, correctamente vestidas, van de prisa, tal como si temiesen no llegar a tiempo a la cita. Los transeuntes se cruzan y se entrecruzan, sin tocarse, apretados, pero no molestos, sin mirarse, sin estorbarse, cada uno con una preocupación clavada en la frente. Pasan los automóviles seguros de que no atropellarán a nadie, porque nadie hay que deje de saber andar en ese torbellino; hombres y mujeres corren, cuando así lo necesitan, y empujan sin miramiento, a quienes les puede impedir el libre y rápido ejercicio de las piernas. Las casas bancarias, son pueblos agitados; las oficinas, ciudades inquietas. Suben y bajan los ascensores con una piña humana, que momento a momento se renueva. Es el afán hecho vértigo; es la fiebre dinámica del anhelo. Los edificios, por sus puertas, arcos y columnatas, tragan y degluten multitudes. Por las ventanas de la «Bolsa», unos energúmenos mudos hacen señas ridículas, pero intencionadas, a la muchedumbre numerosa que invade la vía. Un poco más lejos, otra muchedumbre, detenida como un remanso en el oleaje de la rúa, escucha a un orador gritón de gesto furibundo. Es un «meeting» político.
Y en aquel ruido compuesto de la suma de todos los ruidos posibles—el de la gente que anda, el de las voces que gritan, el del elevado que cruza sonando hierro, el de las sirenas de los autos—, en aquel ruido excitante que me perturba más y me causa más pavor que el silencio de la noche dominguera, me asalta, con mayor rudeza todavía, una sensación de calor. A la herida profunda uno de mis sentidos se une el asombro culminante de otro. Lo que acabo de ver me distrae un poco de lo que estoy oyendo. Y lo que veo es un gallardete muy grande, que desde la altura de un quinto o sexto piso, cuelga en medio de la calle, suspendido de un cordel que va de fachada a fachada. Conforme voy marchando, sigo con la vista las paralelas de piedra de la avenida y distingo, de trecho en trecho, los mismos gallardetes que ondean con leve y pesado balanceo. Todos tienen los colores de la bandera americana. Y esos son: llamativas y amplificadas banderas que, colgantes en medio de la calle, parecería que están ansiosas de dejar caer del lienzo blanco las barras rojas, para que se clavasen, como picas, en el pavimento y detuviesen así la indiferente batahola fenicia que anda por abajo persiguiendo un propósito material y concreto.
¡Ah!, porque cada bandera tiene su leyenda que habla al ciudadano de patria: que le invita a defenderle; que le pide su contingente; que le exige una preparación. Las banderas tienen una voz heroica; forman un coro bélico, indican al pueblo que está quizá próxima la hora de la guerra.
Y las banderas están ayudadas por carteles, por avisos, por «réclames», por «affiches» que pregonan con breve elocuencia la necesidad de una aptitud militar frente a los posibles peligros de la humanidad en delirio homicida. Se anuncia para el próximo sábado una manifestación imperialista.
Yo noto, sin embargo, que ninguno levanta la cara. Y me imagino que la manifestación resultará grandiosa, con todo lo que aquí se realiza; pero entusiasta, vibrante, conmovedora, tal vez no será.