En mi neoyorkino minuto, volando en el carro del elevado, escurriéndome como por corriente profunda, por las perforaciones subterráneas; paseando, al caer de la tarde, por la «Quinta Avenida»; discurriendo por entre los árboles del «Parque Central», mirando tantas mujeres hermosas; oyendo el rumor de tantas charlas, en distintos idiomas; asombrándome de tanto lujo, de tanto «confort», de tanta vitalidad anhelante, de tanto esfuerzo económico acumulado; sintiéndome vivir en esta ciudad madre, inacabable, inagotable, de fealdades colosales, de bellezas deslumbradoras, de antros de crimen y de palacios de ciencia y de arte, tan brutal y tan exquisita, tan desproporcionada y monstruosa en unas partes y en otras tan refinada y sutil; devoradora de carne humana, como el Ogro de los cuentos; improvisadora como los genios legendarios, de la fortuna y del placer; concentradora y propugnadora de energías malsanas y de virtudes sublimes; en este minuto mío de atención, de revelación, de expectación, he presentido, he creído adivinar que el alma híbrida, poliédrica, formidable, de la metrópoli americana, no quiere la guerra, no la desea, no piensa en ella. Nueva York no parece imperialista. Y un amigo que iba a mi lado, respondió a mis observaciones:
—Eso es lo que piensas, no lo que ves, quizá. Vuelcas sobre la realidad tu mundo interior, y ajustas tus observaciones a tu prejuicio. ¿Qué sabes tú lo que hay detrás de cada uno de estos altísimos muros, simétrica y multiplicadamente agujereados, donde los grandes y los pequeños intereses rumian proyectos financieros? Este es un país de fuerza y de audacia: dos fundamentales elementos de la guerra. El nervio, que según la frase napoleónica es el oro, lo poseen. Su ambición es del tamaño de la ciudad. La idea que tienen de sí mismos es más elevada que el más empinado de sus edificios. La americanización del mundo necesita, tal vez, del esfuerzo heroico...
—Es verdad—replico—; pero alguna vez pienso que este gran pueblo no ha definido ni caracterizado todavía su espíritu nacional. No ha cristalizado su ideal. No lo ha unimismado en aspiraciones peculiares, en una fórmula suprema. Hay, es cierto, altivez y orgullo en este pueblo; pero a esa fanfarronería le falta penacho. Y luego, el hibridismo acomodaticio de estas gentes que han venido de los ocho puntos de la estrella a medrar, trayendo el desarrollo inusitado de sus energías, que, inútiles o improductivas, encuentran aquí un ambiente de aventura que las estimula sin cesar; la masa inmensa de aglomerado social que se ha adherido a la base étnica de estas colonias sajonas, y que sólo muy lentamente va perdiendo el recuerdo de la patria abandonada y el contacto moral de las distintas y originarias colectividades de que proviene; toda esta sociedad, que es una poderosa nación, la más fuerte acaso, con fuerza de juventud desarrollada en la gimnasia de la voluntad, no me parece aún una gran patria como esas que cruzan por la historia ensangrentadas y divinas, y que van al sacrificio gritando la fiera palabra de la raza...
—¡Bah!, lirismos tuyos. Esta nación irá también cuando le llegue su momento. Ahora está remisa y como amodorrada de egoísmo. Ríe, como un acaudalado burgués, en la sobremesa del banquete casero. Los negocios marchan; los cálculos han resultado exactos; las ganancias se multiplican. El banquero sonríe, entre un sorbo de champaña y una fumada de tabaco. Mas como eso no es la vida entera, la energía social habrá de buscar en lo futuro, y obligada por las contingencias, orientaciones nuevas.
—¿La guerra? Nueva York no quiere la guerra; yo lo veo, lo cual no quiere decir que los habitantes tengan sus simpatías y partidos. Ahí está la prensa que lo confirma...
—Pero Nueva York no es toda la Unión; es la ciudad cosmopolita y egoísta, que ha metodizado el trabajo con el fin de sacarle producto en beneficio del goce: acapara y derrocha; acumula y dilapida; es laboriosa y fastuosa; cruel y fascinante...
—Está bien; pero, mira: nadie levanta la cabeza para ver las banderas. Nadie se fija en los anuncios de la manifestación en pro del militarismo.
—No importa. La preparación será posiblemente difícil y lenta; pero yo creo que se llegará; se llegará...
El automóvil nos llevaba por el extenso paseo de la ribera oeste, lleno de árboles, de estatuas y de monumentos, de palacios y de niños. La Nueva York infantil estaba allí, corriendo a vuelos de mariposa, gritando a trinos de pájaro, revolcándose en la alfombra de los pastos. Es el lado aristocrático y fino de la ciudad. Allí se extinguen los ruidos de hierro y la ensordecedora algarabía. Ni un tranvía. Lujosos trenes; máquinas de vuelo silencioso. Caía el sol. Las aguas del Hudson al alcance de la mano, tenían un color de violeta iluminoso.
Y flotando en ellas, cerca de la orilla, envueltos en una fantástica y transparente neblina azul, vi tres enormes acorazados. Daban el aspecto de cetáceos blancos adormecidos sobre las ondas.