Acercó Benito su silla á la butaca donde estaba sentado Puig: Lucía se sentó en uno de los brazos de ésta, y Bernarda comenzó á leer en voz baja y para sí lo mismo que Benito leyó en voz alta. La carta decía lo siguiente:

«Accediendo á tus reiteradas instancias, querido amigo y casi hermano mío, he escrito ayer la carta que me pediste declarando heredero de mis bienes á nuestro común amigo Benito, después de haber hecho anteayer testamento formal y legal á tu favor. Tú te obstinas en creer que tal vez al verte rico no sabrás hacer de mi caudal el buen uso que yo espero, y que cayendo en las redes de la avaricia ó en las más terribles de la ingratitud, no seguirás el ejemplo de honradez y de justicia que yo he procurado daros durante mi vida. Tal temor, Juan mío, es infundado. Yo te conozco y te quiero, y porque te conozco y hago justicia á tu buen corazón y cristianos y puros sentimientos, creo en conciencia que mereces ser mi heredero. Pero en fin, por si ambos nos equivocamos y tanto puede el oro, que sea capaz de hacer de ti un hombre indigno de pronto de poseerle, he escrito la carta que me pediste y que mi notario Ortiz de Llauder tendrá en su poder hasta el día en que tú mismo le ordenes que la haga llegar á manos de Benito. Y como puede suceder, porque todo es posible entre los hombres en este miserable mundo, que una vez entregada esa carta, Benito sea el dueño de mis riquezas, y las emplee mal, ó se porte contigo indignamente, te escribo hoy esta, que será ya la última, para explicarle todo lo ocurrido y para que sepa que siempre fué mi única idea dejarte á ti por mi universal heredero, como consta en el único testamento que tengo hecho á tu favor con todas las circunstancias legales. Pocos días me restan ya de vida, amigos míos, y hoy que por última vez me ocupo de estas miserias de la tierra, abocado ya á presenciar las venturas de otro mundo mejor, sólo os encargo que si algún día llegáis á leer juntos esta carta, sea ella prenda sagrada de vuestra amistad eterna; y si por desdicha y por culpa de alguno de vosotros dos, sea el que sea, vuestra amistad se hubiera entibiado, y los lazos de afecto que siempre os unieron se hallasen rotos ó próximos á romperse, los reanudéis en memoria mía, y juntos y en perfecta armonía viváis luengos años, hasta que el último que me sobreviva rece por los dos que le hayan precedido en este trance de la muerte en que yo me veo, y desde el que os envía su postrer abrazo y su eterna bendición—Joaquín Bernaregui.»

Lágrimas de ternura, silenciosas y suaves, corrieron por las mejillas de Benito al leer la carta, y arrojándose en los brazos de Puig, juntos rezaron en memoria de Bernaregui por breves momentos.

Lucía abrazaba conmovida á Bernarda, y hasta la rígida y desabrida matrona pugnaba por ocultar la emoción que la embargaba.

—¿Conque eres tú quien hizo escribir á Bernaregui la carta que me entregó el notario? ¿Y tú me cedías tu fortuna espontáneamente?

—No hablemos ya jamás de este asunto, Benito. La herencia es de los dos. Yo la administraré, porque creo tener carácter más á propósito para ello; pero todo lo que hay aquí y lo que pueda haber en adelante es tanto tuyo como mío.

—Entiéndete con mi hija para dotarla y casarla cuando tú quieras y cuando llegue el caso, y con tu ama de llaves para todo lo que pertenezca á los gastos de la casa. Yo soy y seré siempre el cajero de la casa de Bernaregui.

En aquel momento se abrió la puerta de la habitación y entró jadeante y cariacontecido Ramirito, á quien ya habían contado algunos obreros el desmayo de Benito.

—¡Adelante, adelante, buen mozo!—dijo Puig sonriendo.—No ha sido nada; todos estamos buenos y restablecidos, excepto yo, al que aún dará que hacer algunos días esta pata-folica; pero agradecemos sus cuidados y le convidamos á almorzar, no para hoy, que está todo revuelto y mangas por hombro, sino para el domingo próximo. En la mesa señalaremos el día de la boda, que será, si no me engaño, el de la reapertura de la fábrica.

—¡Así sea!—gritó Rispall, que apareció con el plumero en la mano.