Puig sólo había llegado á tener tres mil pesetas de sueldo al año, lo mismo que Benito; pero desde aquel momento Benito tendría cinco mil, y como además la casa era grande y Puig carecía de familia y siempre había querido á la de Benito como si fuera propia (¡qué rubor el de Bernarda al escuchar aquellas palabras!), quería que su amigo y su familia se viniesen á vivir con él á la fábrica. Aquí ya el abanico de Bernarda empezó á echar tanto aire en la sala donde se celebraba la conferencia, que todos los presentes se apartaron de su lado por temor á una pulmonía. Esto no podría causar escándalo ni sorpresa á nadie—prosiguió el orador,—porque su edad y la de doña Bernarda no se prestaban á malos pensamientos; porque Lucía era su ahijada y de su cuenta corría dotarla cuando más adelante eligiera esposo de su clase y merecedor de su cariño, y porque, en fin, para que no se hiriera la delicadeza de doña Bernarda haciéndola aceptar una posición equívoca, desde luego la confería la dirección completa de su hogar, nombrándola su ama de gobierno y señalándola para alfileres quince duros mensuales.

¡Horror de los horrores! Oir los aplausos y plácemes de empleados y obreros, sentir los cariñosos brazos de su sobrina oprimiendo su cuello con muestras de felicidad, y ver á su hermano..., al mismo Benito, llorar de placer y agradecimiento en los brazos del tirano, del amo, del ser sin entrañas que la relegaba á la categoría de criada..., ¡á ella, á la que merecía ser ama de todos, á la que tenía derechos antiguos..., derechos sagrados á ocupar, no el comedor ni el cuarto de costura, sino el mismo tálamo del emperador de la China!

¡Falso y calumnioso pensamiento que abrasaba su cerebro y hacía enmudecer su lengua de víbora! Ella había sido siempre honrada, sin darse cuenta de ello; Puig había sido siempre casto, y jamás ni con el pensamiento, si hemos de dar crédito á sus antecedentes y á su conducta, había tratado de conceder derechos de ningún género á la ilusa doña Bernarda; pero ésta, en su rabia por no ser el ama, en su despecho por no ser rica, ni apenas se daba cuenta de que echaba su honra por los suelos con tal de zaherir y desacreditar al que los colmaba de beneficios.

Por no dar una campanada escandalosa quizá, y por no perder del todo la esperanza de que aún pudiera conquistar con sus encantos aquel corazón de roca, aceptó en silencio y con cara y ademanes de víctima propiciatoria el puesto que se la brindaba; hiciéronse en la casa las obras indispensables para el nuevo género de vida de unos y otros, y á los tres meses escasos de la muerte de Bernaregui quedó instalada la nueva familia en las mejores habitaciones de la fábrica.

Así pasaron tres años, tolerándose mutuamente unos y otros los defectos de carácter inherentes á toda criatura humana, aunque acentuándose más en la vida íntima todos los puntos salientes que causan rozamientos y divergencias. En esos tres años Benito adornó con un tinte amargo y melancólico su obediente asiduidad; Lucía se desarrolló rápidamente y cumplió sus diez y siete abriles, proclamada por todos los que la conocían como un prodigio de belleza, y doña Bernarda había casi enmudecido echando á solas espuma por la boca, y lanzando por ella suspiros capaces de ablandar las piedras cuando alguno la preguntaba por su salud ó por su dicha.

Puig seguía inalterable desempeñando su papel de amo y de principal, dictando sus órdenes, vigilando su fábrica, haciendo sus balances, algo menos brillantes que los de su predecesor, y más silencioso aún que de costumbre. Cuando se retiraba á su dormitorio y todo era calma y soledad en aquel edificio tan bullicioso durante el día, diríase que una pena profunda embargaba toda su ánima, y que una cadena de pensamientos tristes ataba aquella existencia que tantos envidiaban y que todos creían una de las más felices y bienaventuradas de la tierra.

Formando contraste con estos melancólicos personajes vivía también en la fábrica, en calidad de dependiente, pero con el verdadero empleo de criado de todos y para todo, un hombre de treinta y seis años, de no mala figura, de desenvueltos modales y de rostro no desprovisto de gracia. Llamábase Rispall, había nacido en Villanueva y Geltrú, y gracias á sus buenas referencias no tuvo inconveniente el principal en admitirle á su servicio. Lo malo fué que á pesar de asegurar el hombre con inaudito aplomo que sabía de todo, lo mismo para el escritorio que para el servicio doméstico, se vió muy pronto que no sabía nada, ni para nada servía.

Cuando se le enviaba á la calle con un recado urgente, empleaba dos ó tres horas en cumplir su cometido, y cuando pillaba por su cuenta El Porvenir, órgano de Ruiz Zorrilla y su periódico favorito, hasta que no leía el último anuncio no se daba por satisfecho, ni había forma de hacerle dejar la lectura por más necesarios que fueran sus servicios. Pero era tan agradable su conversación, tan cómicas sus lamentaciones filosófico-sociales y tan originales sus protestas para disculpar la pereza y la afición á la holganza que le caracterizaban, que se había hecho simpático á todos sus jefes; y es de advertir que sus jefes eran todos los empleados de la fábrica, y las familias de los mismos, y cuantos más ó menos directamente tenían algo que ver con el principal. Á bien que á Rispall le importaba muy poco el excesivo número de sus amos; no obedecía á ninguno, con pretexto de obedecer á todos, y hacía en todo y por todo lo que se llama vulgarmente su santa voluntad.

El innato espíritu de rebeldía que domina en el hombre y que á duras penas logra vencerse con la educación y las costumbres sociales, parece que adquiere mayor desarrollo en los grandes centros fabriles y dondequiera que una masa de individuos creen tener iguales derechos y contribuir por igual con su trabajo al desarrollo y prosperidad de una industria. Cada uno de los que se creen con iguales méritos que los otros pretende tener un mérito especial para ser distinguido de sus mismos iguales, y de aquí el afán constante en cada uno de creerse más necesario, de oponer mayor resistencia á las órdenes generales y de suponerse exceptuado por derecho propio de respetar ciegamente las leyes que regulan el orden y la disciplina del establecimiento. Todos bien, pero yo... es la frase que, si no se atreve á salir de los labios, se cuece en todos los cerebros desde el primer dependiente hasta el último obrero, y que perturba sin cesar la armonía exterior, aquel conjunto de voluntades sujetas á la voluntad única y superior del principal. Mientras la resistencia es pasiva y permanece en el estado latente de una enfermedad endémica, nadie se da cuenta de ella y el orden impera en los diversos órganos de que consta aquel cuerpo social; pero hay ocasiones en que el mal toma carácter epidémico, la fiebre se apodera de todos, la invasión estalla, y nacen las huelgas, los motines, las asonadas, las colisiones entre obreros y patronos, los incendios y las ruinas. Por fortuna nosotros no tenemos que describir ninguna de esas escenas terribles, en el día tan comunes, no sólo en nuestra nación, sino hasta en las más ilustradas de Europa y América.

Nuestros cuadros serán más tranquilos, más sosegados, y la lucha, si lucha hay, entre los elementos que constituyen el medio ambiente de nuestro relato será una lucha íntima, sorda, malévola siempre, pero encerrada también en los límites de la mutua conveniencia y del orden establecido.